sábado, 25 de junio de 2016

Vida secreta de Renoir

“Cuando llegué al lugar, todos se encontraban bailando y, nada más cruzarse mi mirada con la de uno de los jóvenes que reía con la cara roja a causa del movimiento y del calor, supe que no debería haber salido del hostal aquel día. No obstante, el hombre a quien había conocido la noche anterior en el salón (y que parecía un alma tan solitaria como la mía) insistió tanto que no me atreví a negarme más veces.

De repente, me encontré en medio del gentío y lo primero que me sorprendió fue su concentración en la banalidad del baile, como si fueran ajenos a la cantidad de desgracias que nos acechan en todo momento. Inmediatamente después, la música y los gritos de la gente encontraron un lugar en mi cabeza donde instalarse y hacer eco, impidiéndome tanto distinguir una sola palabra de lo que decían como concentrarme en nada más. Todo se convirtió en una auténtica pesadilla en la que no pude evitar sentirme juzgado por todos aquellos extraños cuyos ojos, que me observaban de manera furtiva, parecían preguntar –sin atreverse a hacerlo en voz alta- qué hacía alguien de mi aspecto y condición en un lugar como ese. En definitiva, como si me culparan por no compartir su diversión. En unos minutos la situación se tornó demasiado incómoda y me marché de allí (desde luego más rápido de lo que había llegado).

No obstante, de vuelta en la habitación tampoco conseguí sentirme mejor y me dediqué a arrastrarme por la pequeña estancia agradeciendo la sensación de seguridad que  esta me brindaba, pero sin conseguir apartar la imagen del desconocido que me había invitado al acto de mi cabeza. Su rostro me había parecido peculiar la noche que nos conocimos y, aunque no inicié yo la conversación, sí me aseguré de sentarme donde él también pudiera verme y quizá acercarse para compartir juntos la soledad. Su barba, pelirroja y descuidada, me llamó la atención al dejar ver trozos mal afeitados cuando este me hablaba, de todo y de nada, tratando de llenar un silencio que ambos preferíamos vacío. No sabría decir por qué, pero sentí cómo me reconfortaba su falta de cuidado personal.

Tampoco sé exactamente qué esperaba cuando acepté su propuesta. Pensé que, a pesar de haber salido la palabra “baile” en la conversación, asistiríamos a una reunión comedida y de aforo reducido, mucho más propia de dos solitarios que se habían encontrado una noche de sábado entre alcohol. Quizá fue ese choque entre lo que esperaba y lo que encontré lo que me hizo quedar aterrorizado; no lo sé. Como remedio contra el insomnio, a altas horas de la madrugada comencé a pintar la escena con el objetivo de plasmarla en el lienzo y poder así sacarla de mi memoria. Y no solo eso, traté además de recrearla desde los ojos de alguno de los participantes que parecía disfrutarla; cualquiera que no fuera yo. Aún es pronto para decirlo, pero creo que lo conseguiré.

Lo que está claro es que, me quede o no por más tiempo en la ciudad, tendré que comenzar con el retrato del hombre (a quien me refiero siempre de manera vaga porque nunca llegamos a intercambiar datos personales) exactamente con el mismo fin. Quizá eso calme mi ansiedad y me permita huir de su mirada, encontrando así descanso al menos un par de horas seguidas. Por Dios así lo espero porque, de lo contrario, me temo…Bueno, me temo que entonces tendría que matarle.


Y nadie sabe lo que me costó la última vez.”

miércoles, 15 de junio de 2016

Ferrocarril

Día 937

Por fin, después de tanto tiempo, lo hemos visto terminado. Una enorme bestia de hierro que, según dicen, alcanzará velocidades más propias de las criaturas del infierno que de la mediocridad humana. Una vez puesta cada pieza en su sitio y sofocados y empapados por la humedad, los compañeros -unos temerosos y otros fascinados- nos hemos permitido contemplarlo.

Esas ruedas de tamaño colosal, esos enormes vagones, el polvo de carbón que lo envuelve y ennegrece…No era de extrañar que hubiera atraído desde el primer momento la mirada de todo hombre y animal que se acercaba. Cada día, los barqueros se paraban y lo observaban desde el río preguntándose, imagino, si aquellos que fueran tan osados como para utilizarlo por primera vez, saldrían vivos para contarlo.


Quién sabe, quizá sea cierto lo que se oye en la ciudad y nuestro cuerpo no esté preparado para algo tan descomunal. Sin embargo, yo que lo he visto transformarse poco a poco en lo que hoy tengo ante mis ojos igual que un padre ve crecer a su hijo, reconozco que ayer volví a rezar después de mucho tiempo solo para pedir la oportunidad de experimentar lo que, sin duda, será el futuro.