viernes, 26 de febrero de 2016

FANTASÍA

Robert nunca olvidará este día. Él aún no lo sabe, pero al levantarse le dolerán los huesos a causa del frío. Será un fastidio porque esa mañana tendrá solo una oportunidad de deleitar al público con su nueva composición y, si las manos le fallan, por la noche será capaz de arrancárselas. Por costumbre, se hará un café para entonarse y se sentará al piano. Una tras otra, las notas irán deslizándose entre los muebles y dibujarán ondas en el café que, condenado al olvido, quedará para siempre en aquella habitación. Tras unas cuantas horas, Robert se levantará y se asomará por la ventana, a ver si tiene suerte de ver pasar a Clara. En caso de que esto ocurra, se cubrirá corriendo con las cortinas. De vuelta al piano, recorrerá todas y cada una de las teclas haciendo juegos imposibles con ellas para sentirse cómodo y confiado. No funcionará. Demasiado cargado y con cierta prisa decidirá, por fin, salir hacia su nueva oportunidad laboral con la partitura bajo el brazo. Esta no tendrá palabras que recen el título porque Robert aún no lo habrá querido poner. Lo tendrá pensado, eso sí.

A mitad de camino, sin saber muy bien por qué, se desviará por un sendero que le llevará directamente al lago. Se sentará en un viejo puente y mirará durante algunos minutos las aguas tranquilas. ¿Acaso vendrá a verme? –se preguntará–. Girará el cuello un par de veces en trayectoria circular y las vertebras le crujirán. Luego se levantará y continuará, aun sabiendo que probablemente ya no llegue puntual. Bien pensado, ¿para qué molestarse en ir con una obra que ni siquiera tiene título? No, mejor dará media vuelta y regresará a su casa. Con el corazón acelerado por el frío y el esfuerzo de subir tres pisos de escaleras, lanzará las partituras dentro del fregadero y pondrá el agua a correr. Podremos pensar que está loco haciendo algo así; al fin y al cabo, le había costado un grandísimo esfuerzo terminar su primer trabajo, pero a Robert –este es en realidad su nombre artístico– le dará igual porque son suyas y puede hacer con ellas lo que le dé la gana. Con la tinta ya corrida y aparentemente inservibles, las rescatará del naufragio, las tirará por ahí y se olvidará de ellas. Irá de nuevo a la ventana, no vaya a ser que en ese preciso instante Clara –que tampoco se llama así– cruce la calle. Y en caso de que lo haga, recordamos, estará preparado para saltar a su escondite. Por la tarde, no recordará dónde había dejado las partituras y tras encontrarlas pondrá por fin el título, que ni será original ni suyo. Fantasía. Algo tópico para el nombre de una obra, pero que sin duda estará bien –Robert confía plenamente en el músico que lo eligió así en su momento–. La caligrafía con la que quede escrito será un desastre (a juego con el resto del documento; húmedo y blando), pero el contenido seguirá siendo tan perfecto como lo era a primera hora de la mañana. Tonalidades de Do mayor y Si bemol abrazándose. ¿De qué le servirá la partitura sin aquella oferta de trabajo? No lo sabemos, pero a él no parecerá importarle demasiado. No en vano, la obra será para Clara –en caso de que algún día la vea por fin pasar desde su ventana–. Se sentará después de esto al borde de la cama y pensará palabra por palabra lo que dirá a su amada cuando por fin le dé el regalo. Del mismo modo, recreará en su cabeza todos los cumplidos con que ella le halagará en respuesta. Quizás incluso quiera subir y tocar el piano para él.

Las horas pasarán y ella no se dejará ver aún tras el cristal. Quizá estará mala o tal vez se habrá dado cuenta de que todos los días alguien la vigila cuando pasea rumbo a la cafetería en la que trabaja. Por supuesto, Robert seguirá esperándola un rato más. Al ver que se ha olvidado de él, se sentirá dolido y saldrá corriendo a buscarla olvidando su vergüenza. Si Clara no quiere venir, él tendrá que ir a hacia ella y hacerla entrar en razón. Calle arriba y calle abajo, revisará cada esquina por si acaso se ha perdido y terminará de nuevo en el lago. Esta vez no se sentará en el puente; la esperará de pie. ¿Por qué en aquel lugar, si a aquella pobre muchacha le da miedo el agua? Pues seguramente porque está loco. Comenzará a ponerse nervioso y caminará cada vez más y más cerca del borde.

Nosotros sabemos que no habrá Clara preocupada que vaya corriendo a salvarle, pero él no y se tirará al río. El agua estará congelada –de nuevo, eso no le vendrá nada bien para los huesos, pero él sabrá lo que hace–. Según sus cálculos, Clara tardará poco en llegar y, milagrosamente, cuando haya perdido toda esperanza, alguien tirará de su cuerpo y lo sacará de allí, tendiéndole en el césped. No sabremos quién es, pero en aquel momento cualquiera será apto para el papel de Clara y Robert extenderá las manos hacia ella, susurrando que sabía que vendría. Por fin, cuando toda el agua haya salido de sus pulmones tras varios ataques de tos, cogerá la carpeta donde había guardado la sufrida partitura y se la entregará. Nuestro personaje anónimo no sabrá cómo reaccionar y llamará a la policía.

En este instante acabará la aventura de Robert, que será encerrado con los demás perturbados del lugar. La primera noche, arañará las paredes y gritará cosas sin sentido de manera esporádica –pero cuidado, solo para integrarse con la fauna local, que él está muy sano–.


Robert nunca olvidará el día en que ingresó en el Sanatorio de Endenich, Bonn; alejándose de la realidad y siguiendo los pasos de su  mentor. La única diferencia residirá en que ni él será un genio ni tendrá jamás una Clara que lo llore. Pero eso, recordemos, él aún no lo sabe…

sábado, 20 de febrero de 2016

Puerta a puerta con el infinito

Que no me importe
no significa
que no lo sienta

Que no sepa
que todas las noches
están ya besadas
que todas las pieles
han sido ya descubiertas
que todo aquel que tuvo
algo que esconder
fue descubierto
en ese mismo instante

Todas las lunas
han sido ya convertidas en poesía

Que no me importe
no significa
que no lo sienta


Que no sepa
que todas las sonrisas
fruncieron el ceño de repente
y nos quedamos mirando
como si los ojos
ya no fueran los únicos
mentirosos
que toda la espuma del mar
se estrelló contra tus
dientes

Ya no estaré
puerta a puerta
con el infinito

Que no me importe
te digo
no significa
que no lo sienta

miércoles, 10 de febrero de 2016

Una hoja en el suelo mojado

Una hoja en el suelo mojado
destaca sobre el gris
del asfalto

Cálida aunque muerta
tendida entre sus semejantes,
todas allí tiradas
en una especie
de masacre natural

Algunas
demasiado cansadas
ya no crujirán
con el próximo impacto
La nuestra
sin embargo
es esa sobre la que apetece
saltar
Es esa que
aún inerte
continúa atrayendo vida
¿Acaso no es eso un
milagro?

Pero tranquilos
no la vamos a pisar
que nos recuerda al otoño

Estación de nuevos
comienzos
siempre tras los mismos

finales