jueves, 19 de febrero de 2015

NI EN SU MEMORIA

Adicta al crepúsculo de sus ojos,
al café por la mañana.
Pura vibración,
un sonido estridente en un entierro,
falta de vergüenza,
soledad acompañada.

Ella era como el raspar de uñas contra la pizarra,
como la pizza fría,
entregar un regalo con las manos vacías.

Y aun así él quiso esperarla,
quiso saber qué era lo que se sentía;
agua congelada que te deja sin respiración.

Probó los huesos rotos,
caminó hacia abajo en el camino de subida
por un mundo que no era el suyo.

Ella le tendió la mano y él trató de retenerla,
pero no pudo contener la radiación.
Bailaron juntos bajo la lluvia de verano,
bucearon en los charcos del deseo,
del quiero y no debo.
Rocas arrojadas sin ningún sentido
y que alcanzan por blanco su cabello.

¿Por qué siguen bailando si la música ya ha acabado?
Como diría un filósofo:
“Será que en realidad no existió tal baile”…

Es entonces cuando, desnudo, abre los ojos y corre fuera de la habitación. Hace frío, ni siquiera pueden pagar la calefacción. Ella está leyendo un libro en el sofá; brilla más que el sol que ilumina su cara sin permiso.
Le cuesta dejar de mirar, pero vuelve dentro y enciende un cigarrillo; sabe que no la tendrá.


Ni en su memoria.

domingo, 1 de febrero de 2015

Yo quiero ser panadera

No sé si me asusta o me maravilla lo que he visto. Veréis, iba en el autobús, de camino al gimnasio y, como siempre, mis ojos vagaban de un lado a otro examinándolo todo. Por la zona en la que está situada esa ruta, casi todo eran personas mayores y me he puesto a pensar si cuando yo llegara a esa edad tendría fuerza de voluntad suficiente como para levantarme un domingo tan temprano y salir a la calle con un frío del demonio. Luego, no sé por qué, me he preguntado quiénes serían todas aquellas personas, solas o en pareja, y qué habrían hecho en su vida. Me he dado cuenta de que lo más probable era que yo no fuera sentada al lado del descubridor de la cura de ninguna enfermedad ni de un famoso artista, sino de gente normal y corriente que había llevado una vida normal y corriente. Probablemente se habrían casado, habría funcionado o no, habrían tenido o no hijos, se habrían dedicado a algún oficio y ahora vivían sin mucho sobresalto. Y, de pronto, me he asustado; me he asustado mucho. Ha sido como si de repente no le viese ningún sentido a esto porque, si no aportas nada, ¿para qué estás aquí? ¿Y si no consigues triunfar en lo que quiera que hagas? Ahora mismo lo tengo todo, una educación, unos planes… ¿y si lo echo todo a perder y acabo haciendo lo que todos los demás? ¿Y si dentro de 50 años la anciana que va dando golpes en el cristal con el bastón a ninguna parte soy yo? Prometo que me han dado escalofríos. Pero no siempre poder es querer. He visto gente que lo tiene todo para triunfar pero le faltan las ganas; podrían ser los nuevos Stephen Hawkins pero igual simplemente no les da la gana y prefieren ser zapateros, o periodistas. También he visto gente que parecía de todo menos destinada al triunfo y lo está consiguiendo. ¿Entonces qué? ¿Qué hay que hacer si se tiene la oportunidad? ¿Cogerla aunque no quieras?

No sé si se está entendiendo a dónde quiero ir a parar. Desde pequeños nos han dicho en clase que nosotros íbamos a ser los nuevos científicos, los nuevos médicos, los nuevos políticos; que lo teníamos todo para hacer un mundo mejor como si realmente, quien terminase siendo el panadero del barrio hubiese echado su vida por la borda. Y es verdad que quien tiene una buena educación tiene que aprovecharla y aprender, pero también puede haber panaderos cultos, qué narices. El caso es que me he acojonado, literalmente, al imaginarme fracasando y es algo que me pasa muchas veces. ¿Y si no soy lo suficientemente buena? ¿Y si no llego a dónde lo hace el resto? Sin embargo, he vuelto a mirar las caras de los ancianos y no parecían tristes o hastiadas, es más, a la hora de bajar en la parada que les deja frente a la iglesia de Los Salesianos de Estrecho, todos o casi todos sonreían, cediéndose el paso gentilmente. Quizá no sea tan malo encontrarse a uno mismo en esa situación dentro de unos años, quizá no haya que triunfar en todo lo que se haga para ser feliz. Yo aún no lo sé, pero espero que así sea porque no sé si seré capaz de lograrlo; o, en cualquier caso, si querré. Tal vez podría encontrar algo que me llenase a medias y dedicar el resto de mi vida a ello, ganando lo suficiente como para vivir holgadamente. Pero siempre sabría que habría preferido hacer otras cosas y uno no se puede engañar a sí mismo. Normalmente, cuando le pregunto a la gente dónde me ve trabajando, me dicen: ‘’Yo te vería en la ONU’’ o, ‘’Tú vas a ser la nueva Pablo Iglesias” (Ojalá que no)… Y, cuando les respondo que lo que en verdad a mí me gustaría sería irme a otro país con una ONG a ayudar, suelen mirarme como si estuviese chalada. Lo mismo me pasó cuando decidí meterme en la rama de ‘’letras’’. Incluso los profesores me decían que si estaba segura, que yo podía perfectamente hacer ciencias; como si los que cogían lo otro fueran los que ‘’no llegaban’’. Igual es que yo no quiero llegar, igual quiero hacer lo mismo que quien no pasó de la secundaria y se puso a apilar ladrillos. Tampoco me parece justo que por ‘’poder hacerlo’’ tengas que llevar una vida que no quieres. Con todos mis respetos; que le den a la ONU, a los partidos políticos y a Pablo Iglesias.


Yo quiero ser feliz, y si para eso tengo que estudiar letras e irme a América Latina a construir ladrillo a ladrillo una iglesia (y eso que no soy católica), preferiría hacerlo y contar con el apoyo de la gente. Quizá yo quiera ser como esos viejecitos que van a misa después de haber llevado una vida llena de experiencias y que, igual no han descubierto la cura del cáncer pero sí que han arreglado cisternas o zapatos y vendido pan o periódicos. Y que yo sepa, todos necesitamos pan y zapatos.