jueves, 15 de enero de 2015

Verte a través de una mandarina


No sabes por qué pero te ríes.
Ríes por todo el tiempo que te queda; es una cantidad obscena y vas a tener que rellenarla con algo. Te sientes como una de esas moscas que solo viven un día y tienen que aprovecharlo al máximo porque es todo lo que tienen. Es cierto, es todo lo que tienes. Mucha gente te ha dicho que lo mejor de ti es tu sonrisa, que cuando la sacas levantas el mundo, pones las calles cada mañana. Quizá sea cierto, ¿no construye la sinceridad las cosas? Pues así es tu risa; y honesta y esquiva.
Tienes una cerveza fría al lado, resbalan gotitas por el cristal y te la pones en la frente, que arde de vida. Te sientes bien. Ese breve instante en el que el agua toca tu piel, relajándola y la devolviéndola a una temperatura humana es una maravilla. Por eso piensas que es interesante verle a través de una mandarina, porque tampoco puede hacerlo nadie más, es único; es suyo y tuyo. Si lo haces, su contorno se dibuja adaptándose a las graciosas curvas de la misma y te causa más risa. Sigues con las carcajadas, estás plena. ¿Por qué, si no has hecho nada? Porque no hacer nada es el más noble arte que conoces; cualquiera puede hacer algo, lo difícil es no hacer nada cuando tienes tanto tiempo. Que en realidad es poco, pero ahí está y es tuyo. Nadie puede quitarte eso mientras estés sola, aunque no quieres estar sola.
Y ahora lloras. Lloras porque no sabes exactamente por qué te reías antes si, aún pudiendo verle a través de una mandarina no puedes sentir lo mismo que sentías antes. Ya no está todo bien y la simpática fruta ya no te provoca nada, ¿pero qué más da, de todas formas?
¿A quién le estás contando esto?
No a mí, yo no te escucho.
Ni siquiera me caes bien, nunca quise conocerte.
Ve a encontrar a otro que lama tus heridas.
Recoges tus cosas y te vas al rincón de pensar, pero no tocas las paredes. La última vez que estuviste, abriste una ventana para no estar tan sola mientras vagas sin rumbo por tu mente. Lo piensas bien y, técnicamente, ni siquiera es un rincón; no ves esquinas. Curioso es cómo vuelves a reír de nuevo. Estás chalada, todo te parece maravilloso. Ni siquiera es un rincón-vuelves a pensar mientras carcajeas, ni siquiera es un puto rincón. Esta manía nuestra de llamar a las cosas por nombres que no les corresponden, que simpleza más complicada.

Te levantas, que todavía tienes que hacer la tortilla y se te echa el tiempo encima; ese que tienes que rellenar. Lanzas los huevos a la sartén desde una distancia considerable, ¡viva el riesgo! Y el aceite salpica y te quema y has llegado a un punto en el que risa y lloro se entremezclan dejando un sabor amargo en el momento; más amargo que la cerveza que has bebido y menos que los años que vendrán. No lo sabes, o sí. O no. ¿Qué más da?

Cómete la puta tortilla que se te queda fría con tanta tontería, niña.

jueves, 8 de enero de 2015

Los hijos raros no existen, son los padres

Contempló su reflejo largo rato. En la melena, rubia y alborotada, unas graciosas cintas de colores sujetaban los mechones formando pequeñas coletas. Su cuello, lleno de lunares, dejaba paso a un cuerpo menudo y rechoncho en cuyas piernas, las cicatrices propias de los juegos de cualquier niño se veían como espléndidas marcas de guerra. Se gustaba mucho aquella mañana, pero aún faltaba algo. Corrió al cajón de su madre y rebuscó entre sus cosas hasta encontrar una cajita marrón con pequeñas bolas de maquillaje dentro. La cogió junto con el pintalabios que había al lado. De nuevo ante el espejo, revolvió las bolitas y se rebozó y pintarrajeó toda la cara sin mucho acierto; pero se vio guapo. Suponía él que aquella era la finalidad de esos pringues que su mamá se daba en la cara. Qué mañana tan divertida-pensó y comenzó a reír y a saltar por toda la casa aprovechando que no había nadie.
Unos minutos más tarde, volvió a mirarse en el espejo y asintió, conforme. Estaba deseando que su madre llegara para enseñarle su obra de arte.

–Cariño, ya he vuelto. Ven, que en seguida estará la comida–anunció por fin desde el otro extremo de la casa.

Él corrió a su encuentro.

–¡Mami! ¡Mira, yo también sé hacerlo como tú!–rió, señalándose la cara.

Sin embargo, la expresión de mami no era la que él esperaba. Es más, parecía como si no le gustase. ¿Cómo era posible? Si ella misma lo hacía todos los días… él lo había visto.

–¿Pero qué te has hecho?–le preguntó con disgusto.

–¿A que estoy guapo?–dijo él, todavía sin entender por qué no había sido alabado por su buena mano con los cosméticos.

–Vamos a quitarte eso ahora mismo, antes de que llegue papá. ¿Qué quieres, matarnos de un disgusto?

–¿Pero por qué? A mí me gusta, ¡no me lo quiero quitar!–chilló.

Ella le cogió por el brazo y le llevó al lavabo haciendo caso omiso de la rabieta. Allí, se mojó las manos con agua y las pasó por la cara de su hijo repetidas veces. Después, cogió unas toallitas húmedas y se aseguró de terminar con cualquier rastro de aquella monstruosidad.

–No vuelvas a hacer esto, ¿me oyes? Los hombres no se maquillan, ¿tú has visto a tu padre hacerlo?

–No… Pero a ti sí… No entiendo por qué tú puedes y yo no, mamá.

–Es diferente, estas cosas son para las chicas mayores. Tú quieres tener una novia cuando crezcas, ¿verdad? Entonces lo entenderás, porque te gustará verla bien guapa–explicó, más calmada.

–¿Y ella no querrá verme guapo a mí?

–Por supuesto, pero tú estás guapo sin hacer nada, hijo mío–le besó en la frente.

–No quería que te enfadases, lo siento mucho. No lo volveré a hacer.

Creía recordar que aquella fue la primera vez que mintió, claro que entonces no lo sabía. Durante un tiempo se alejó del cajón de su madre, no tocó los vestidos de su hermana y dejó de peinarse el pelo, pero no pudo aguantarlo mucho. Se veía mejor de la otra forma. No podía ser eso de que las chicas se volviesen más bellas con el maquillaje y él no; ahí había algo que fallaba. Al ir creciendo, se dio cuenta de que a sus padres había algo en su conducta que les molestaba, aunque no lo decían abiertamente y comenzó a pasar más tiempo solo. Únicamente entonces podía vestirse como le daba la gana y pintarse cualquier cosa que le apeteciese en cualquier parte del cuerpo. Luego, se metía en la ducha y todo desaparecía o, si era poca cosa, se lo quitaba en el lavabo con paciencia y jabón. El muchacho pasó así un par de años, creyendo que todo marchaba normal y que sus padres, que no sospechaban ya nada del asunto, estaban menos tristes. A veces les oía gritar en el salón, pero pensaba que era por otras cosas en las que prefería no entrometerse y, cuando alguna vez la bronca le pillaba en medio, trataba de marcharse lo más rápido posible, de manera que nunca sabía bien de qué iba el asunto. Después, llegó el momento en el que sus padres se separaron; aunque aquella vez sí fue consciente de que había sido culpa suya. Se encontraba probándose un nuevo vestido de su hermana cuando sus padres entraron en la habitación. No recordaba que le hubieran regañado tanto en su vida, incluso le pegaron un bofetón. Definitivamente, algo debía de andar mal con él, si no, no se enfadarían tanto, comprendió.

Uno de los días en los que ya solo vivía con su madre y de su padre nada había vuelto a saber, un extraño le salió al paso:

–Puedo concederte una cosa que desees–dijo de pronto.

–¿Quién eres?–preguntó él, asustado por la aparición.

El hombre no contestó; simplemente continuó clavándole las dagas azules que tenía por ojos.

–Quiero que me cambies, que me hagas normal–dijo el niño, temeroso de haber perdido su oportunidad por la tardanza.

–¿Normal, eh?–contestó él, riendo– ¿Y qué es ser normal para ti, joven?

–Haz que no me guste vestirme con cosas de chicas mayores ni maquillarme como mi madre. Ella se enfada y no le gusta; a veces llora y todo, ¿sabes?–explicó–Hazme un niño como todos los demás.

–Vaya, me ha quedado claro. Creo que puedo hacer lo que me pides, chico, pero tú tienes que darme algo a cambio.

–¿Qué quieres?–dijo hurgando en sus bolsillos.

–Ahí no vas a encontrarlo-le cortó- Te quiero a ti. Me vas a dar tu tú.

–¿Mi yo?

–Sí, ese es el trato. Yo te cambio y me quedo con el ‘’tú’’ que ya no quieres.

El niño lo pensó un momento. Si ya no quería ser él, entonces lo mismo le daba regalárselo a aquel hombre.

–Trato hecho, dijo.

–Trato hecho.

Entonces desapareció y él continuó su camino sin volver la vista. Sí, se sentía cambiado; no le apetecía ponerse otras ropas o verse de manera distinta. Le daba igual; su reflejo se había vuelto indiferente, ya no conversaban, así que no tenía sentido seguir preocupándose por él. Todo era muy raro, en unos días era su cumpleaños pero no estaba ilusionado. Era como si los cumpliese otro, ni siquiera un ser querido; un completo extraño. ¿Cómo era aquello? ¿No habían sido sus cumpleaños siempre los días más felices? No; en esa ocasión se limitó a ignorarlo dejando los regalos apilados al lado del maquillaje. Además, sus amigos no querían andar con él porque decían que se había vuelto un aburrido y no quería jugar con nadie. Casi habría pensado que ya no era humano si no fuera porque a veces lloraba; cuando nadie le veía, por supuesto, en los baños del colegio o en el de su casa. Lo hacía porque se sentía vacío y porque ya no tenía claro quien era, quien había sido o quién quería ser, incluso cuando se suponía que ahora estaba bien.
No estaba seguro de poder hacer algo al respecto; pero decidió que no tenía sentido seguir así, que aquello que pactó con el hombre misterioso había sido un error y que debía intentar arreglarlo. Preferiría estar como antes, mal hecho, a como estoy ahora-pensó.

Una vez tomada la determinación, pasó dos semanas aguardando en el mismo sitio en el que su genio se le había aparecido meses atrás. Los días pasaban y no le veía, pero no cesó en su empeño. Si una vez le había encontrado allí, podría hacerlo otra. Además, no tenía nada que hacer ni nada que perder. Por fin, una tarde le pareció verle doblar la esquina del café y corrió tras él.

–¡Espera! ¡Por favor!–gritó.

El genio continuó sin inmutarse y él avanzó más rápido; tanto como pudo.

–¡Por favor!–repitió sin aliento.

Esta vez el hombre se giró.

–Vaya, eres tú.

–Por favor-dijo una vez más- Devuélveme lo que te llevaste. Mi yo. No quiero ser así ni un minuto más.

–No puedo hacer eso, pequeño.

–¿Por qué?–preguntó el chico, desolado.

–Porque hicimos un trato y los tratos hay que respetarlos; es lo que los hombres hacen.

–Yo no necesito ser un hombre.

–Bueno–comenzó, aún sorprendido por la respuesta– Ya sabes que si te concediese lo que me pides, tendría que llevarme algo a cambio...

–Lo que quieras–le interrumpió.

–¿Lo que quiera?

–Lo que quieras.