viernes, 20 de noviembre de 2015

Si quieres matar

Si quieres matar
no cojas un arma
usa un poema
-que hay versos más afilados que cuchillos-

Si quieres matar
no mates
pinta
-que hay trazos que se revelan mortales-

Si quieres matar
no dispares
siéntate frente a un piano

Si quieres matar
no odies
ama
-que de amor también se muere-

sábado, 3 de octubre de 2015

Tres años y tres meses

El asfalto está mojado y me gusta el ruido que hacen mis zapatos al pisarlo; me hace sentir viva. Quizá no lo sepas, pero las cosas van cada vez mejor; de hecho, no creo que tarden en volver a la normalidad.

         Ya ha empezado a hacer frío y llevo puesta una camisa azul que te dejaste la última tarde; aún huele un poco a ti. Las señales que anuncian restaurantes y tiendas están encendidas y brillan nostálgicamente, teñidas por la lluvia. No suena muy apropiado decirlo (y no puedo evitar sonreír mientras lo escribo) pero estoy moqueando ahora mismo; ya sabes que enseguida me resfrío.

Es curioso cómo nunca antes me había dado cuenta de lo bonita que es esta ciudad. Es tarde para compartirlo contigo, pero intentaré aprovechar el descubrimiento aun así. Tal vez es cierto eso que dicen de que todo sucede por una razón. Me enseñaste muchas cosas, pero estoy preparada para seguir sin ti. Te preguntarás por qué te escribo desde un banco en la calle; después de mucho tiempo he sentido la necesidad de hacerlo. Ya en el autobús pensaba en ti mientras miraba a través del vaho de los cristales. El calor era sofocante y el ambiente estaba muy cargado por el olor a paraguas mojados, así que me he bajado unas paradas antes. Me apetecía caminar.

El día está nublado y apenas puedo ver los edificios que están al final de la calle. Podría haber entrado a algún café, pero estoy bien aquí. No hay mucho tráfico, aunque no sé qué pasa hoy que los coches no dejan de pitar y hacer ruido al salpicar. No me molesta en absoluto; de hecho, era algo así lo que necesitaba oír. Encaja con lo que siento dentro.

  Los árboles ya han empezado a mudar las hojas, que ahora dejan alfombras marrones por todas partes. Me recuerda un poco a la foto que pusiste en tu currículum. ¿Te acuerdas? El que escribimos juntos. Fue en esta misma época del año y poco después te dieron el trabajo. Me parece increíble que hayan pasado tres años y tres meses. Es como si mi vida hubiera estado congelada o algo así. Y de repente, esta mañana he sentido que necesitaba dejarte ir. Espero que no estés molesto; hace meses que no he ido a llevarte flores pero no significa que no haya pensado en ti. Sabes que tengo otras maneras de demostrarlo. De todas formas, venía a decirte que no creo que volvamos a hablar, quizá no volvamos tampoco a vernos. Me tengo que ir.

         Por eso he venido aquí; por eso nos estoy escribiendo esto. Tenía que despedirme. Debes saber también que he conocido a alguien. No importa cómo se llama. Realmente creo que es un buen hombre y supongo que te alegrarás de oírlo… o tal vez no. Le he hablado de nosotros, de ti y lo entiende. Me ha dado mucho tiempo, pero yo ya no necesito más. Por fin puedo decir eso, ¿no es maravilloso? No necesito más. Estoy bien, me siento bien.


Cuando termine esta carta y la meta en el buzón, solo nos tendremos en el recuerdo. Me temo que nunca saldrás de allí.

jueves, 27 de agosto de 2015

Hortensias

He colgado dos macetas en el balcón.
No estaba yo muy convencida...
A mí lo que los señores transeúntes vean al mirar hacia mi ventana no me importa lo más mínimo, prefería colocarlas en el salón.
Que si sube, que si baja, que si en una mesa, que si en la otra; en el balcón han acabado.
Allí no hay mal lugar para ponerlas, puesto que solo hay uno.
Me lavo los dientes con su cepillo, ¿o era el mío?
Quizá el que compartimos ambos.
Mirada por aquí, mirada por allá y pasta en el espejo.
La dejo -ya lo limpiaré más tarde... Bueno, mejor lo limpio ahora-.
Miro de cerca el reflejo, ¡qué ojos tan negros!
"Negros... como tu alma".
Canturreo, hago la cama (¿para qué si se va a deshacer?), golpeo la almohada como si fuera su pecho -ojalá lo fuera- y me tiro con desgana.
Calor sofocante, insomnio, luz, vueltas sin descanso.
Cuerpo dentro de las sábanas, luego fuera.
Un pie dentro y el otro no.
Temperatura regulada y aun así ojos abiertos.
Tengo que hacer pis.
Definitivamente fuera de las sábanas me siento en la taza.
Se ve la sombra de las macetas tras el vidrioso cristal.
Quién iba a pensar que las hortensias serían mi única compañía.

martes, 25 de agosto de 2015

Galicia

Dura como el mar
y frágil como sus olas
reina entre todas
pero nunca está sola
Galicia
fría como el cielo
meiga entre los bosques
y viejos conjuros de sal
Susurro de las hojas
deshojadas del rosal
marinero buscando puerto
madre volviendo al hogar
Galicia
sueño febril
delirio vivo
tierra que adopta aún
a cualquier soñador perdido

martes, 28 de julio de 2015

Como el no volverte a ver

No creí
que se pudiera querer sin hablar
pero lo cierto es
que podría amarte sin mirarte
y pasarme la vida escuchando
el fuego que ha roto lo grave de tu voz

El olor de tu cuello aún sin colonia
y la risa nerviosa de quien comete un pecado
y tu jersey doblado con cuidado en el lavabo
y tu apoyo en mi espalda
que si no se cansa

No creí
que se pudiera querer sin estar
pero pequé de incrédula
porque te seguiré incluyendo en mi compás
por si te apetece seguirme el ritmo

Mientras tanto
por favor
invítame a un café
y que sea tan amargo
como el no volverte a ver

sábado, 13 de junio de 2015

POSDATA

Una tarde, mientras bajaba la calle, observé el quiosco. La señora que lo atendía desde que yo tenía uso de razón había cambiado la decoración de los cristales. Ahora los viejos carteles de películas españolas que podías conseguir gratuitamente con tus revistas, habían dejado paso a seis o siete papeles impresos imitando un periódico en cuya portada podía leerse en gruesas letras negras: “DAILY NEWS”. No creía que la quiosquera supiera inglés, así que pensé que quizás hubiera elegido aquellos recortes para dar una imagen más moderna. Parecía como si todos quisiéramos hacerlo.

Fue justo en aquel momento cuando me di cuenta del cambio constante en el que vivíamos. La música, por ejemplo, nos parecía entonces mucho mejor si era inglesa o estadounidense porque si la escuchabas en español, podías entender la letra y supongo que todos preferíamos dejarnos llevar y esperar que la canción, en realidad, quisiera decir lo que imaginábamos. Con la ropa pasaba lo mismo. Nadie quería llevar una camiseta de Fórmula V; sin embargo, no había día en que en el instituto no viese, tanto a chicos como a chicas, con alguna de los Beatles, los Ramones o alguno de esos grupos de “desarrapaos”, como los llamaba siempre mi abuela. Yo incluida. Lo que un día nos parecía maravilloso, al día siguiente podía estar condenado irremediablemente al olvido y, años más tarde, comprendí que yo también me encontraba en esa rueda de vaivenes constantes, dando tumbos sin saber muy bien hacia dónde iba, dejándome llevar por la multitud. Había pasado mi vida creyendo que no me gustaban los cambios, ¡por Dios, si hasta me enjabonaba todos los días en el mismo orden! Estaba plenamente convencida de ello pero, cuando llegaron, dejé que se quedaran exactamente como hicieron todos los demás.

Supongo que si de algo tuve suerte, fue de que los dos o tres años en los que sentí aquel enorme cúmulo de movimientos, sensaciones y experiencias más cercano fueran exactamente los que aquellos, porque no sé si un tiempo más adelante hubiera podido soportarlos. Unos meses antes de empezar la universidad, mi madre engañó a mi padre y tuve que irme con él al otro extremo de la ciudad. Al principio habían optado por dejarme con ella, como en casi todos los casos; el problema era que el hijo de él me parecía imbécil. Por eso, cuando me preguntaron, respondí que prefería mudarme y allí llegamos los dos, a un piso de sesenta metros cuadrados con una calefacción que rara vez funcionaba y que, cuando lo hacía, nos llenaba el suelo de gotas amarillas que bajaban resbalando entre los tubos del radiador. No era ningún palacio, pero mentiría si os dijera que  el tiempo que pasé allí no fue el mejor de mi vida. Todavía me quedaba un año antes de emprender mis andanzas universitarias, por lo que mi padre me inscribió en un instituto que se encontraba bastante alejado. Yo misma se lo pedí así. No quería vecinos en el instituto ni nada por el estilo; la vida familiar era la vida familiar y la social era la social. Había aprendido que mezclarlas podía ser peligroso.

Creo que no llegué a asistir ni a dos jornadas lectivas completas. Nos pasábamos el día en la playa fumando –aquellos que lo hacían y entre los que no me incluía– y pasando las horas con un extraño juego de cartas del que aún hoy no me sé las reglas. Nunca gané.

            Pronto mi rendimiento comenzó a bajar, pero mi padre hacía tiempo que no era mi padre y se limitaba a mirar las notas en silencio. Yo lo comprendía. Además, en aquel momento era lo que más convenía a mis intereses, así que no hice nada por cambiar la situación. No obstante, he de admitir que por aquellos años mi vida perdió el rumbo. La gota que colmó el vaso fue conocer al hombre inadecuado. Estaba casado y yo lo sabía, pero con diecisiete años, poco o menos me importó meterme entre sus sábanas enredando su vida. Un año después se separó y, echándome la culpa, se fue. Nunca más volví a saber de él, aunque por ironías de la vida me enteré, años más tarde, de que había dado clases durante unos meses al que después sería mi marido. Dos vidas destrozadas por la misma mujer en la misma aula, podría tener hasta gracia, aunque a mis hijos no se lo pareció y terminaron yéndose con su padre, como años antes hiciera yo. Tal vez os preguntéis si me sentía sola, pero lo cierto es que no. Y tampoco me sentí nunca culpable. ¿Por qué habría de hacerlo? Solo estaba tratando de vivir, como el resto de presentes en aquella función. No era imbécil; en el fondo sabía que algunas decisiones no habían sido las correctas, pero también que poco podía hacer ya por cambiarlas y –quizás excusándome en mi edad– me dejé llevar aún más por los vicios que había ido reuniendo a lo largo de los años. Si hubiera tenido que contar todas las vidas que desgracié en uno u otro sentido, no habría tenido manos suficientes ni aunque me hubiera ayudado Visnú.

Y así seguía mi vida año tras año; las personas iban y venían pero nunca se quedaban. No puedo reprochárselo.

            Durante los años en los que una mujer debería haber estado rodeada de su familia y amigos, discutiendo, reuniéndose los domingos a comer y saliendo a pasear o a tomar el vermut, yo estuve sola. Llegó un momento en el que comencé a acudir a misa –sin haber pisado una iglesia antes– en un intento desesperado de que aquella fuera la solución a mis problemas. No lo fue. Acudí allí cada domingo de los años siguientes; sin embargo, no hubo ni una sola duda. Jamás sentí quemazón en el pecho, una revelación ni nada por el estilo. Quizá simplemente no lo intenté con ganas. Lo único que puedo decir, ahora que me encuentro en mi tiempo de descuento y que no tengo a nadie con quien conversar o a quien reprocharle nada, es que me pasé la vida esperando un cambio que nunca llegó. Toda una vida malgastada en la parada de un tren que ni siquiera existió.

Aún puedo cerrar los ojos y sentirme como aquella adolescente que se saltaba clases en la playa, pero ya nunca podré mantener el sentimiento si los abro. Por eso he escrito esta carta, que llega a su fin sin muchas pretensiones de ser leída. Por eso quiero advertir del error que conllevan las decisiones mal tomadas, que no es ni la mitad del que conllevan las que nunca se tuvo valor de tomar.


lunes, 1 de junio de 2015

Que arda el cielo

Que arda el cielo
que arda porque te quiero
y allí no encontraría
el mar de tus deseos
Que arda el cielo
y no se treva a retenerme
porque volveré a buscarte
aunque no pueda quererte
Que arda el cielo
y mil chispas de colores
caerán sobre tu espalda
dibujando ramos de flores
Que arda el cielo
que tiene que arder
porque lo digo yo
y así tiene que ser
Que arda el cielo y al arder
caigan los ángeles
perdidos en tus lunares
y recorran tu olvido
por los oscuros lugares
Y cuando arda el cielo
-que arderá, ya lo verás-
hacia arriba mirarás
y habrás de encontrarme dormida
sujetando una antorcha
prendida con mi libertad

miércoles, 13 de mayo de 2015

La noche

La noche es para los amantes
los locos los feriantes
que venden por los bosques
su alma entre susurros

La noche es de los niños
que dormidos
juegan a esperarse
entre los árboles
y a recoger flores
a sus madres

La noche de verano
es para ilusos
soñadores compulsivos
ancianos depresivos
llamativos lamentos
de las ninfas de los ríos

La noche de invierno
es propiedad
de los tristones
los eternos perdedores
nostálgicos ahogados
en la sangre de sus venas

Mas noches como esta
no son de locos
ni soñadores
no son de amantes
ni de feriantes

Noches como esta
son nuestras
palabras maestras
miradas que encestas
en mi sonrisa

Noches como esta
ojalá no acabaran
porque pinto
en las estrellas
el contorno de tu cara

domingo, 26 de abril de 2015

Vamos a brindar

Vamos a brindar
por cada decepción
y a sellar en el colchón
la vida y el movimiento
¿Qué hay más perfecto
que este momento?
eres fuego, eres duro
eres de cemento
Y no miento
si te digo que
mirarte en el espejo
es más valioso
que el reflejo
de nuestros cuerpos
contra el viento
Vamos a brindar
por cada oportunidad
que nos es dada
y despreciamos
sintiéndonos dueños
de nuestra suerte
aunque no tengamos
ni idea
de lo que eso significa
Y suplica, replica
cada palabra está maldita
cuando sale de tu boca
pero es perfecta y precisa
como tu risa
como el castañeteo de tus dientes
como un creyente
acudiendo a misa

viernes, 13 de marzo de 2015

TRES DE LA MAÑANA

Tres de la mañana; hora de empezar. El osito salta desde la estantería seguido por todos sus fieles amigos: el pato, el tigre, la zarigüeya, el perro, el gato y muchos más. Sus blandos cuerpos caen en décimas de segundo. Todos conocen la posición que han de ocupar. Han cubierto cada ángulo de la habitación y ahora contemplan a la niña dormir. Su cabello, dorado como el de su padre, le cae en ondas sobre la cara y los ojos, por esa postura tan extraña que adopta por las noches abrazándose a la almohada. El oso se encuentra sentado junto a su cabeza, pero solo porque sabe que pesa tan poco, que ella jamás se despertará por su culpa. Nunca pondría en riesgo ni un minuto del sueño de ese ángel. Sus manitas de algodón la acarician y se queda observando el vaivén de su respiración, tranquila y serena.

Acto seguido, desciende de nuevo al cálido parqué y recorre la estancia asegurándose de que cada uno ocupa el lugar correcto y se prepara; la hora se acerca… Así los encuentra a todos, dispuestos a prestar batalla justo en el momento en el que el picaporte comienza a girar. Habría sido un ruido imperceptible para el oído humano, pero no para los suyos, que llevaban años realizando el mismo trabajo. En ese instante, sus cabecitas giran en la misma dirección y observan cómo la puerta comienza a abrirse con suavidad. Todo está en aparente calma cuando aquella cosa irrumpe en la habitación. Desprende una terrible pestilencia y lo único que se distingue de ella en aquella angustiosa oscuridad, son sus centelleantes dientes blancos y sus garras metalizadas que lanzan destellos cuando la luna los ilumina.



Ambas partes participan en un juego que no les es nuevo. Por ello, aunque lo encuentra todo en su sitio al entrar, el monstruo sabe que algo tiene que ocurrir, como ha venido sucediendo desde tiempos muy anteriores a aquella noche. Avanza con cautela pero con ansia los escasos metros que le separan de la chiquilla, pues sabe que, de haber alguna, su ventaja será la rapidez. Ha soñado mucho con ese instante, incluso cuando nadie creía que un ser como él fuera capaz de hacerlo. Una y otra vez le ha sido negada la oportunidad y, una vez más, sospecha que la razón está en esa extraña fuerza de que disponen sus enemigos. Algo así como magia, algo que lo complica todo y lo vuelve del revés. Se queda callado y escudriña sin lograr vislumbrar nada.

Entonces, el osito es quien da la orden y el pato y la zarigüeya saltan desde los armarios hacia la espalda de aquel horrendo ser. Tratan de llegar a sus ojos para cegarlo y que, de esta manera, se vea obligado a retroceder. Sin embargo, el monstruo se sacude con violencia y consigue quitárselos de encima. Mientras tanto, el tigre, el perro y el gato tratan de inmovilizarle las extremidades y las fauces, siendo derrotados. Todos vuelven a la carga una y otra vez, incansables, pero él no va a desistir tan fácilmente aquella noche; lleva demasiado tiempo, ¡lo desea tanto! Sigue avanzando y quitándose a los atacantes de encima con asombrosa facilidad. Ya casi tiene a la niña, casi puede rozar su piel… Y en el último instante, un nuevo obstáculo se interpone entre ambos: es el osito, jefe de la avanzadilla. Considerándose ya ganador de aquella contienda, al monstruo le entran ganas de reír. ¿De verdad aquella diminuta cosita piensa impedirle algo? Es ridículo. Se imagina a sí mismo devorando todo su algodón y la sola idea le concede más fuerza todavía. Se dispone ya a lanzar el zarpazo final en aquella eterna guerra, pero no puede. Vuelve a intentarlo pero hay algo que le bloquea el camino. Una protección que no entiende, que le impide una y otra vez alcanzar su objetivo.

Si hubiera sido posible, el oso habría comenzado a sudar. Le tiemblan las patitas y no sabe cómo va a salir de esa situación. Se encuentra asustado, pero sabe que ha de mantenerse allí; entre eso y su protegida. Ve cómo el monstruo trata de quitarle de en medio pero no puede y eso le hace sentirse más confiado. Es cariño –se dice de pronto–; es cariño lo que me protege. Y mira a la chica, que sigue durmiendo como si nada pudiera atormentarla.

         Y es en ese preciso momento en el que el oso sabe que está completamente a salvo, puesto que no hay nada que aquella cosa pueda hacer contra la defensa que él lleva encima; la más grande que se puede tener. Por eso el monstruo está retrocediendo; porque sabe que el oso está dispuesto a deshilacharse por aquella niña y eso es suficiente para que jamás pueda tocarla.

Habiéndolo comprendido, regresa al umbral de la habitación y después desaparece para no volver hasta la noche siguiente. Ellos se relajan; la zarigüeya, el pato, el tigre… Todos vuelven a sus sitios para reponerse y descansar, velando a su vez el sagrado sueño de su dueña.


Es así, perfectamente colocados, como les encuentra ella a la mañana siguiente. Se acerca y los examina; siempre le parecen cansados a esa hora, pero no tiene tiempo para mucha demora porque llega tarde al cole. No obstante, no puede evitar que dentro de ella surja algo que le empuja a besarles, arroparles y acariciarles con cariño y devoción antes de salir con una sonrisa en la cara. Ha dormido bien.

viernes, 6 de marzo de 2015

Caperucita

Iba Caperucita por el bosque, llevando una cesta con comida a su abuelita. Su madre se lo había encargado, como siempre, puesto que ella estaba demasiado ocupada viendo la tele-tienda y bebiendo cerveza en el sofá.

         Los prados estaban verdes y no hacía ni el frío de las semanas pasadas ni el calor sofocante del verano. La temperatura era perfecta. Tanto, que Caperucita se encontraba inusualmente contenta. A lo lejos solo se veían las verdes colinas cubiertas por una delgada capa de césped que, aun eternamente pisada por la gran variedad de animalillos que poblaba aquel lugar, se mantenía fresca y hermosa en cualquier época del año.

¡Joder, cómo pesaba la cestita! Se detuvo a examinar su contenido con cuidado y observó una gran cantidad de latas de atún. ¡Ni que su abuela fuera un gato! También había té, plantas y todo tipo de pastillas: redondas, ovaladas, cilíndricas, en cápsulas o en comprimidos y de cualquier color humanamente imaginable. ¿Para qué sería cada una? No creía que su abuelita tuviera tantísimas enfermedades, aunque… ¡quién sabía!… Hacía mucho que no la veía ni hablaba con ella. Solo por probar, cogió una de las redondas de color rosa y se la tragó. Todo comenzó a dar vueltas a su alrededor. ¡Qué mareo!...  Se tumbó un momento en la ladera de un río, a ver si se le pasaba aquella sensación. Sin embargo, al levantarse de nuevo,  se dio cuenta de que aquello había sido un error; ahora todo giraba mucho más que antes. Los árboles variaban de altura, los conejos le sacaban la lengua y las truchas le hacían señas desde el agua para que fuera a bañarse con ellas.

         Así lo hizo. Se quitó la ropa y saltó de golpe. Antes de que le diera tiempo a reaccionar, estaba siendo arrastrada por la corriente hacia ningún lugar. No podía respirar; el agua entraba en sus pulmones con la fuerza de un huracán y se sentía demasiado débil como para poder agarrarse a algo. De repente, sintió un mordisco en un brazo. No estaba segura de si sangraba o no, porque la temperatura gélida del agua ejercía un potente efecto anestésico y no sentía ninguna parte de su cuerpo. Sin saber muy bien cómo, apareció de nuevo en la orilla, sana y salva.

Cuando miró alrededor, vio que un enorme lobo negro se hallaba a su lado, empapado y observándola con minuciosa atención. Recordó fugazmente el mordisco. Mantuvieron un instante la mirada clavada uno en los ojos del otro. Sonrieron. Entonces caperucita se levantó dispuesta a recuperar su cesta de las maravillas y, con ella, su fiel y nuevo acompañante. Ambos recorrieron en sentido inverso la distancia que la chica había descendido de manera poco ortodoxa y llegaron al claro donde minutos antes se había encontrado tirada. La cesta seguía allí, como era de suponer. Fue entonces el lobo el que se acercó a examinarla más a fondo. Olisqueó las latas de atún y apartó el hocico, aterrado por la peste que desprendían. Cuando se hubo recuperado, también reparó en las pastillas y, sin mediar aullido, se tragó un par. Caperucita lo miró, impasible; luego se encogió de hombros y le imitó, probando esta vez las que eran de color azul.

Niña y lobo recorrieron los bosques de la mano. Sí; él ya no tenía patas; tenía manos. Ambos reían aunque no sabían por qué. Esta vez habían llevado la cesta con ellos y paseaban tranquilamente sin rumbo fijo. Conejos, ardillas, patos… todos aplaudían a su paso, les hacían reverencias y ponían alfombras de margaritas a sus pies. Al final del camino se divisaba una casita de madera, con árboles frutales en la entrada y columpios de ensueño a los alrededores.

         Recordó entonces Caperucita el propósito inicial de su viaje y lo compartió con su nuevo amigo. En seguida entraron ambos en la casa y vieron a la abuela sentada en el sofá, mirando la televisión apagada. Ella se giró y les saludó riendo a carcajadas. Acto seguido, extendió el brazo y abrió la palma de la mano. Tenía más pastillas; de nuevas formas y colores y eran solo para ellos. Se acercaron confiados y las cogieron, hasta la última. El efecto se multiplicó. Los adornos de la casa estaban vivos ahora. Caperucita sudaba y el lobo aullaba. La abuela reía frenéticamente. Todo comenzó a dar vueltas en los ojos de la niña, los colores se mezclaron en una especie de espiral y terminó por caer al suelo, rendida.

Minutos, horas o días más tarde abrió los ojos. No conseguía enfocar una imagen nítida y le dolía mucho la cabeza. Tras varios intentos, logró estabilizar un poco la visión y, aguantando las náuseas, se incorporó. Su abuela yacía en el sofá, destripada y en la encimera de la cocina había un lobo muerto. La sangre adornaba toda la casa, las paredes, los cuadros. Casi parecía arte moderno.

         Se rascó la cabeza, confusa; no entendía nada. Miró un par de veces a su alrededor, cogió la cesta y se fue por donde, suponía, había venido.

         Le costó un poco encontrar el camino de vuelta a su casa debido al mareo. Sin embargo, el trayecto le era tan familiar, que podría haberlo hecho con los ojos tapados. Al entrar en casa, su madre seguía exactamente en la misma posición en la que la había dejado la última vez.


         —La abuela no estaba en casa –dijo y, sin mediar palabra, se dejó caer en la cama.