viernes, 3 de octubre de 2014

Todo lo bueno cambia

Una bruma de ansiedad se le pegaba al pecho todas las mañanas provocándole una sensación que le hacía difícil respirar. Envuelta en ella, flotaba por la casa ultimando los detalles antes de salir al mundo. De pie y cerca de la puerta trasera, su sitio habitual en el autobús, su mirada revoloteaba sin decidirse entre la ventana y las hojas del libro que le hacía siempre compañía. Aquella era la única manera de distraer la mente un rato. A veces le resultaba cargante ir leyendo a la vez que caminaba, pero no le quedaba otra opción puesto que, últimamente, en cuanto dejaba de hacerlo, sus pensamientos le rebotaban en el cerebro mientras las lágrimas se amontonaban haciendo cola en su lacrimal. Aquello no era algo normal- nunca había sido de llorar- y la sensación no le gustaba. Era la típica persona que iba por la vida descargando humor y recogiendo de vuelta los problemas del resto, no podía evitarlo, suponía que como el resto de los mortales. 
Las siete horas que pasaba en clase eran las mejores del día y este era solo uno de los muchos detalles que le recordaba la gente cuando la acusaban de su rareza. Ella no lo había elegido así, pero nunca podría negar que le encantaba estar en un sitio donde no le debía nada a nadie, donde su existencia estaba permitida. Allí podía pensar y simplemente, ser. Llegaba siempre como un clavo, pero se quedaba medio escondida leyendo hasta que la marea de gente que amurallaba la entrada se dispersaba. Así, podía subir las escaleras tranquilamente, sin tener que hablar con nadie. En clase ya era otra cosa, sus compañeros le hablaban y ella se veía obligada a responder, aunque solo fuera por un mínimo de educación y por ahorrarse las preguntas que le hacía la gente si optaba por no hacerlo. Entonces, como todos los días, echaba de menos a la única persona con la que podía sentarse y no decir nada durante horas sin tener la sensación de estar haciendo lo incorrecto. Pero él ya no la acompañaba. Alternando la escucha de las explicaciones con la de sus pensamientos, las horas pasaban en contra de su voluntad. De vez en cuando, la gente se agitaba y se levantaba, esa era la señal que le indicaba que ella debía hacer lo propio y abandonar el aula en dirección al patio. La gente reía en los pasillos y por todas partes se formaban grupitos donde las bromas y cotilleos circulaban a toda velocidad, pero ahora nadie la esperaba a ella. Lejos de sentirlo, lo apreciaba bastante. Salía de clase y se dejaba arrastrar por la marea de gente que iba y venía hasta la hora volver. Cuando esta llegaba, subía los tres pisos de escaleras y enfilaba hacia su clase para entretenerse unos segundos mirando por el cristal del aula de música, sobre todo cuando se hallaba vacía. En aquellos instantes, recordaba cómo era vivir la que siempre había sido su asignatura favorita pero que ya no volvería a cursar. Todo lo bueno cambia.-pensaba.
El horario finalizaba y cuando ella abandonaba el centro distraída, se sentaba en un banquito a leer. La excusa que ponía cuando alguien le preguntaba era que se quedaba esperando a dos compañeras, sin embargo aquello solo era eso, una excusa. Lo que no quería era volver a casa, si bien era verdad que al llegar la hora, sus compañeras salían y ella se les unía.
De un tiempo a esa parte, todo le resultaba desconcertante. El mundo, su mundo, estaba desordenado y ella llevaba años intentando poner un poco de claridad en él, obteniendo siempre el peor de los suspensos.

Abría la puerta rezando que no hubiera nadie, en cuyo caso se relajaba bastante y entraba en su habitación. Por el contrario, si se encontraba con sus padres saludaba secamente. Nunca solía recibir contestación, como mucho un gruñido de reconocimiento y, como una exhalación, corría a encerrarse en su cuarto. Hacía ya muchos años desde que ellos habían dejado de contarle como les iba el día y ella de preguntar. Vivían en la misma casa, pero las cosas no fluían como debían hacerlo, o al menos aquel había sido el diagnóstico de la sucesión de psicólogos al que habían acudido. La angustia que la acompañaba en todo momento parecía entonces engordar un kilo o dos, haciendo que caminase incluso más encorvada. No volvían a intercambiar ni una sola palabra en todo el día. Quizá, a veces, alguno daba las buenas noches y el otro contestaba, aunque no era lo normal. Toda esa situación la preocupaba y cada vez le hacía más difícil concentrarse en otras cosas. Temía acabar como su hermano, quien después de años de psicólogo en psicólogo y de terapia en terapia, había dejado de hablarles completamente. Solo cuando estaba con su hermana y con ella o cuando le formulaban una pregunta concreta y totalmente ineludible, volvía a la realidad y contestaba con parcos monosílabos. Cierta noche, se dio cuenta de que no tenía sentido seguir preocupándose por aquello ya que ya había sucedido. Ni de sus bocas ni de la de sus padres salía una sola sílaba más de las estrictamente necesarias, y ella no sabía cómo o por qué se había construido ese muro invisible e infranqueable entre ambas partes, solo que un buen día su realidad había amanecido así. Mientras trataba de estudiar, pensaba en ello; mientras estaba con sus amigas, pensaba en ello; mientras trataba de vivir, pensaba en ello. No obstante, no hablaba de aquello con nadie salvo, a veces, con él; pero ni uno insistía ni la otra deseaba que lo hiciera, de modo que ambos acababan callados como idiotas. Era algo que guardaba en un cajón y que un par de sonrisas escondían sin esfuerzo de las miradas de la gente. Salía de su habitación para ducharse y cenar y después, volvía a leer y a conversar con su reflejo mientras la modorra se iba adueñando de su cuerpo. Por último, escribía con la ansiedad colgando del cuello y los ríos discurriendo por las mejillas para poder librarse de todos aquellos recuerdos que le hacían aún más difícil conciliar el sueño. No importaba el qué, solo escribía.

Todo lo bueno cambia.-pensaba, y se iba a dormir.