viernes, 29 de agosto de 2014

La historia de cómo maté a mi mejor amigo


          Recuerdo muchas cosas de aquel día.
Recuerdo que me vestí de manera inusual. En lugar de mis vaqueros desgastados y mis camisetas de rock, decidí ponerme unos pantalones hippies y una camiseta de tirantes. También recuerdo que por la mañana me encontraba mal y que, por un momento, pensé en no asistir a nuestro encuentro. Para mi fortuna, con un simple Ibuprofeno pude continuar el día sin impedimentos y todo sucedió como estaba planeado. La noche anterior había recibido un mensaje suyo en Facebook. Me preguntaba qué había hecho yo aquella tarde, me contó que él no había salido, que yo había pasado de él y que, al final, siempre se sentía solo. Tengo muy presente el enfado que sentí. ‘’¿Cómo podía ser que dijera eso cuando era siempre yo la que insistía durante días para vernos?’’ Sin ir más lejos, se suponía que aquella tarde íbamos a haberla pasado juntos, pero decidió quedarse durmiendo y atrasar la hora. Siempre pasaba igual, y yo no soy idiota, así que pasé. Si prefería dormir, no tenía nada que reprochar. Haciendo acopio de toda la calma que pude encontrar, le respondí que no había sido mi culpa y que podíamos vernos otro día que él no tuviese tanto sueño. Me sorprendió verme controlando la ira tan bien. Supongo que los años de tratamiento comenzaban a surgir efecto. De cualquier modo, aquello había quedado atrás. Contestó que quería verme la tarde siguiente. ‘’¡Qué extraño!- pensé;  él nunca propone que nos veamos. Debía de estar aburrido de verdad.’’

          Continuamos hablando con normalidad de nuestras cosas. Le pregunté, bromeando, si acaso estaba viendo Tesis, película que habría visto como unas veinte veces sin exagerar. Hombre de obsesiones era él. Me dijo que no y que, como le había prometido hacía tiempo, yo era la que tendría que estar viéndola. Él sabía que eso no iba a ocurrir jamás y dijo que me odiaba. Respondí que yo le odiaba aún más. Seguimos fingiendo aquel odio y aquel enfado durante toda la conversación mientras cambiábamos de tema continuamente. ‘’Te amo’’, puso al final. Sé que no parece gran cosa, pero viniendo de él es todo un halago. Siempre había que sacarle las palabras con gancho y los piropos, aún más. Tenía una coraza de acero alrededor, de la que yo aún no tenía la llave. Ya lo había asumido. El caso es que aquello me desmoronó, da igual cuán enfadada estuviese, siempre que me decía algo de eso yo quedaba irremediablemente atontada. Qué se le va a hacer. Dije que iba a matarle. Que iba a hacerlo como en las pelis gore que tanto odiaba, con mucha sangre por todas partes. Aclaré que sería en un relato, y que me iba a regocijar mientras lo hacía. Para mi sorpresa, le gustó la idea y empezamos, incluso, a planearlo juntos. Definitivamente, aquello se llevaría a cabo, estaba decidido. Estuve muy emocionada con aquello toda la noche, dándole vueltas y vueltas para que la historia pareciese real. Además, contaba con su consentimiento, cosa que no suele ocurrir cuando quieres matar lentamente a alguien y dejar constancia de ello, pero a él también le entusiasmaba la idea.

          Era raro mi amigo, no lo negaré, pero también el mejor que había tenido y, por supuesto, al que más deseaba matar. Mientras daba vueltas al asunto, rememoré todas y cada una de las veces que había tenido que interrogarle durante horas sobre algo, solo para saber cuál era su opinión, siempre aproximada, al respecto. Me sacaba de quicio. Por no hablar de los cambios de humor tan drásticos que sufría, parecía una menopáusica. Aún así, contra todo pronóstico, dos personas tan diferentes como nosotros habían conseguido congeniar bastante bien. Lástima que aquello fuera a terminar…
En realidad no.

          En la ducha, di vueltas y vueltas a cuál sería la forma de matarlo que me daría más placer. ¿Le apuñalaría?, ¿le asfixiaría?, ¿le partiría el cuello de un golpe seco? Ensimismada, empecé a recrear en mi mente todas las que conocía, a cuál peor. Si hubiera sido una bañera, creo que me había ahogado… Al salir y ponerme el pijama, decidí que una muerte clásica sería lo mejor. Eso sí, quería sangre, mucha.


          A la mañana siguiente, casi me había olvidado del asunto. Cuando ya iba a salir para ir al gimnasio, como todas las mañanas, vi de refilón una imagen de una de esas típicas series policiacas de Cuatro. ¡Boom! Todo volvió a mi cabeza. El ver a aquella chica allí tirada, envolviendo toda la escena con su mirada, ahora vacía, me recordó que tenía cosas muy importantes que hacer. Durante el camino tampoco pude dejar de imaginarlo, me estaba empezando a cansar, quería parar un rato, pensar en otra cosa, pero no pude. El ejercicio me distrajo un poco, pero aquellas tres horas no eran eternas y, aunque al salir estaba más relajada, en seguida volví a mi reciente obsesión. ‘’¿Cómo es posible que imaginarme esto me complazca tanto?-pensé, aterrorizada por mi crueldad-.’’ Aún ahora no lo sé, el caso es que disfruté como nunca lo había hecho y todavía puedo tocar con la lengua las cicatrices que me hice en el labio cuando me mordí de satisfacción.

          Creo que eran las seis de la tarde cuando salí de casa. Todo había sucedido de golpe. Mientras comía, había decidido que, en lugar de escribirlo, con todas las complicaciones y tiempo que eso llevaba, sería muchísimo mejor hacerlo de verdad y vivirlo en toda su intensidad. La sola idea me puso frenética y ya no hubo vuelta atrás. Había escogido la navaja que utilicé cuando peregrinaba a Santiago días atrás y la había guardado en mi bolsa, junto a mis llaves y mi cartera. Deseaba llegar, en el vagón iba moviendo las piernas de manera nerviosa una y otra vez y al salir, iba correteando por las escaleras mecánicas. Al llegar a Gran Vía, nuestro lugar favorito de encuentro, él no estaba. Siempre me hacía lo mismo. Si me dejaba plantada justo ese día no iba a volver a hablarle nunca. La espera no hizo otra cosa que aumentar mi ansia  y volví a repasar todas las muertes, las formas de hacerlo, la mirada que tendría, el olor de la sangre… Allí estaba, por fin. Todo de negro, con una capa, una pegatina brillante entre las cejas y manga larga en pleno Agosto.

-¡Hola, Silvia!-dijo, y me besó-.
-¡Hola!-Saludé con la alegría de siempre. ¿Álvaro, no te asas así vestido?-me sonó como si, de haber repetido tantas veces aquella pregunta, ya fuera parte del saludo-.
-Mmm…No, no tengo calor, la verdad. Ya sabes cómo soy.
-Sí, lo sé.

          Descendimos un rato hasta llegar a Plaza España. Últimamente acabábamos siempre allí (y no me molestaba , puesto que era uno de mis lugares favoritos). Un montón de adolescentes desgreñados, con el pelo verde y llenos de piercings, tatuajes y más cosas que no supe ni nombrar ocupaban ya la plaza cuando llegamos. Estuvimos un rato en la fuente charlando mientras nos mojábamos la espalda una y otra vez con los chorros intermitentes. Le conté cosas de mi viaje, él me contó cosas del suyo, hablamos por teléfono con una amiga e, incluso, vimos a la persona que peor nos caía del colegio (no saludamos, claro está). Era una tarde estupenda, por extraño que pareciese, ambos reíamos y la imagen era la de dos amigos pasándolo bien y disfrutando de su compañía. Sin embargo, en poco rato tendría que irme y quedaba lo más importante por hacer. Le comenté si le apetecería que nos tirásemos un rato en el césped, y por respuesta obtuve un empujón para que ‘’moviese el culo’’, como decía él. Así lo hice, y juntos nos tumbamos a mirar el ocaso en un lugar más o menos apartado.

-Ya lo sabía.-me dijo de pronto-.
-¿Qué es lo que ya sabías?
-Lo que va a pasar ahora. Siempre lo he sabido.-habló sin mirarme-.

          Me dejó muy impresionada, eso mismo había dicho que diría él antes de morir cuando, la noche anterior, habíamos planeado juntos la hipotética escena.
No opuso resistencia alguna, pero no volvió a mirarme. Yo saqué la navaja con un cierto temblor en las manos, inexpertas en aquellos asuntos... y le apuñalé. Le apuñale una, dos, tres, cuatro, cinco veces con toda mi alma. Le apuñalé cuantas veces fui capaz antes de que un desconocido me separara de su cuerpo. La sangre, que aunque no contrastaba con mi ropa sí lo hacía con mi pálida piel, manó a borbotones de los agujeros que yo había creado en su cuerpo y tiñó mis manos de color carmesí. No recuerdo nada de los siguientes instantes más que la felicidad, plena, que sentí cuando la vi.
Lo único en lo que pensaba cuando alguien me arrastraba calle arriba, ante las miradas de la gente, era en lo afortunada que había sido de que hubiera salido, roja, perfecta, y no como plata líquida, como había sugerido él la noche de la planificación.




          Esa es la verdad y esa es la historia que conté a quienes me preguntaron. Supongo que el resto del mundo se enteraría igualmente. Espero con ganas ver la expresión de sus caras cuando vuelvan a verme, si algún día salgo de aquí.
          Ahora hay días en los que se me escapan las lágrimas pensando cómo pude hacer aquello y días en los que consigo recrear a la perfección los instantes de placer. Los psiquiatras que hay rondando por aquí dicen que eso es normal, que es un proceso. Me ponen nerviosa.


          Mientras yo espero que ese proceso finalice, lo único que he podido hacer ha sido contar esta historia. La historia de cómo mate a mi mejor amigo.

Una tarde con Álvaro

Ayer por la noche estuve con Álvaro.
No estaba planeado, pero me llamó y me pidió que me reuniese con él en Callao.
Siempre me hace ilusión verle, así que respondí que allí estaría.
Tras unos minutos esperando, le vi aparecer por la boca de metro y vino hacia mi rápidamente. Me explicó que quería ver a dos amigos suyos que habían quedado a las 21:30 en Plaza de España y que quería que yo le acompañara.  No me pareció mal así que, cogí el skate que me acababa de dejar un amigo y me dispuse a seguirle.

-¿Qué haces con esa cosa?-Preguntó Álvaro divertido.

Ambos sabíamos que lo único que iba a conseguir montada en aquella cosa era darme golpes una y otra vez. Pero oye, me hacía ilusión.

-Me lo ha dejado Borja, he estado con él antes de venir aquí y me ha enseñado a mantenerme de pie.
-Ah, ¿y no se ha querido venir?-No parecía muy interesado.
-Había quedado con su vecino. Pero te manda un saludo.
-Bueno, vamos.-Me cogió de la mano y empezamos a descender la calle.

Ese momento en el que estábamos cogidos de la mano, sería el ideal para nos viese nuestra profesora de biología. Siempre nos pasaba igual. Podíamos estar todo el día separados que era reunirnos un instante y ¡pum! allí estaba ella, acechando y sonriendo. En fin, se debe de creer que es un lince, descubriendo relaciones en el alumnado. Es gracioso en el fondo.
Yo pensaba que íbamos a ir directamente a Plaza España, pero Álvaro paró bruscamente en la entrada a una callejuela y yo me golpeé el tobillo con el monopatín.
-¿Pero qué…?-Álvaro tiró de mi.
-Mira tía, allí vive uno. Seguro que han quedado para venir a su casa, vamos a ver si están, porfa.
-Vale.-Me sentí James Bond. Espionaje total, me encantaba.
-Pero primero asómate solo tú, anda, que no quiero que me vean.
-Bueno vale, pero dime cómo son.
-Pues uno es rubio y bajito y el otro es ese tío de Instagram.
-¡¿Qué dices?!, ¿en serio? No me lo puedo creer. ¡Si ese tío es un pesado!-Me entró la risa.
-¡Venga, mira a ver si están!-Creo que no le hizo gracia gracia que me riera…
-Vaaaaaale.-Aún sonreía.
Al asomarme a la callejuela lo único que vi fue un grupo de personas congregadas a la entrada de un edificio, pero ninguno encajaba con la descripción. Como Álvaro no se fiaba, tuvimos que recorrer la calle de arriba abajo como alma que lleva el diablo, por si ‘’nos veían’’.
Seguimos pues nuestro camino, ya quedaba poco. En algún momento del trayecto se nos ocurrió hacer un chiste sin gracia alguna, y como siempre, una mujer empezó a reír escandalosamente a nuestro lado. No a causa de nuestro chiste, claro está. Pero últimamente siempre nos pasa igual.
Por fin, llegamos al último cruce de nuestra travesía, lo pasamos y fuimos al césped a esperar. En realidad no fue una ‘’travesía’’, pero como el monopatín pesaba lo suyo a mí me lo pareció.
-Venga, vamos a sentarnos a esperar, que solo son las 21:27. No deben de haber llegado aún, sus últimas conexiones de Whatsapp no coinciden.
Yo ya me he sentado, pero él sigue de pie, vigilando.
-Me das miedo.-Ahora en serio, me pareció súper siniestro.
-Tía creo que no van a venir, seguro que han quedado en su casa. Vamos a volver allí.
-Pfff, vale.

Nos levantamos y fuimos hacia el cruce que acabábamos de pasar.
De repente, frenamos en seco y otra vez, mi monopatín desplegó su furia contra mi tobillo. Pesaba como un condenado.

-¡Ay Dios!, ahí hay uno.-Álvaro estaba temblando.
-¿Quién, el de la esquina?-No llevaba las gafas puestas así que entorné tanto los ojos que debí de parecer retrasada.
-Sí, tía tú vigílale que yo me escondo aquí detrás.-Se fue corriendo a la parte trasera de un puesto de helados.
-¡Ay madre!, que llega el otro, ¡Álvaro, que llega el otro!-Al final, como siempre, acabó por contagiarme su entusiasmo.
-¿Qué dices?, tía, ¿en serio?
-Sí, sí.
-¿A ver?, pfff… joder lo sabía…-No pudo aguantarse y salió corriendo de detrás del puestecillo.
Vimos como se daban dos besos y se iban rumbo a la casa del rubio bajito.
-¿Qué, les seguimos?- Ya no quería quedarme con la intriga.
-Sí, vamos.-Me cogió de la mano nuevamente.

Nos pusimos para cruzar y mientras estábamos esperando que se pusiera verde observamos que los chicos cambiaban el rumbo y se disponían a cruzar también, justo hacia donde nos encontrábamos nosotros.

-¡Mierda!, ¡Álvaro que vienen!
-Ay Dios, ¿qué hacemos?
-No sé, finge que estamos hablando.
-¿Saludamos a esas chicas?-Dijo de repente.
-¿Qué?-No sabía de qué me estaba hablando.

Antes de que me enterase, Álvaro se había puesto a hablar con dos chicas que no conocíamos de nada.
Creo que la conversación fue algo como:
-Chicas necesito vuestra ayuda.
Las chicas no respondieron. Normal, yo tampoco lo habría hecho. Puto loco…
-¿Estáis asustadas? Si queréis podéis marcharos, eh.
-No, no, qué va.- No sé por qué mintieron, sí estaban asustadas, que lo vi yo.
-Mirad es que al otro lado del cruce están dos chicos que me gustan, juntos y me siento un poco…horrible. ¿Comprendéis, no?
-Ay pobre, que putada…-De repente se mostraron muy colaboradoras y yo aluciné, literalmente. Yo habría salido corriendo largo tiempo atrás. Luego soy yo la rara.
-Sí, la verdad. Pero bueno, chicas, al grano. Fingid que nos conocemos…
 Venga que ahí vienen. Dadme dos besos.

En aquel momento fue cuando decidí que, definitivamente, yo iba a mantenerme al margen de aquella conversación.
Así, los tres se saludaron muy afectuosamente y los chicos a los que seguíamos pasaron a nuestro lado sin inmutarse. O eso creíamos nosotros.

-Bueno, nosotras ya vamos a cruzar, que es la tercera vez que se pone en verde.  Un placer.-Dijeron las chicas a la vez que reanudaban su paseo.
-¡Adiós! ¡Y gracias!

Álvaro y yo nos quedamos mirándonos. Lógicamente él no lo sabía, pero yo reía por dentro. Siempre me pareció curioso que en el colegio fuese tan tímido y que fuera, en momentos como aquel, se desmelenase de tal forma. En el fondo eso me encantaba. Todo el mundo creía conocerlo. ¡Já!

-Creo que se han ido por allí.-Le dije señalando en una dirección.
-Creo que ya no les vamos a ver. Mira, mejor vamos a sentarnos anda, que estoy cansado.- El humor le cambió de repente. Se puso triste.
-Como quieras.
Cruzamos la plaza y nos sentamos en frente de la fuente.
Cuando me miró, vi que estaba realmente deprimido y eso no me gustó nada.
-Es que, ¿sabes?, siempre tengo tanta mala suerte…
Siempre está con esa idea. Tengo que reconocer que no todo le sale bien, pero como a todo el mundo.
-Seguro que hay algo que sí te sale bien.-Le dije.
-Que te digo que no, joder.-Testarudo como él solo…

Así, cara a cara, estuvimos un rato y él habló y habló. Habló todo lo que tenía que contar y no tenía a quien. Todas las cosas que le disgustaban y que no se atrevía a mencionar. Habló, y desveló muchas cosas que en este relato no se pueden reflejar.
Cuando terminó, noté que estaba a punto de llorar y eso me partió literalmente el corazón.

-Si te pones a llorar voy a llorar yo también.-Le avisé. No era broma. Siempre me pasaba igual.
-No pienso llorar.-Dijo en seguida.
-Vale, vale.

De pronto, y sin tener en cuenta el momento dramático que allí se estaba viviendo, unos puntitos de colores inundaron la plaza, que ahora se encontraba iluminada y formaba un precioso espectáculo. No sabíamos de dónde habían salido, eran como pequeñas pegatinas redondas de colores a las que el viento hacía revolotear por todos lados.
Álvaro miró el móvil y se echó a reír.
-Tía, no te lo vas a creer. Los dos me han bloqueado en Instagram. Los dos. Es que yo flipo.
-Joder, te juro que yo pensaba que no nos habían visto.
-Bah mira, es que me da igual. Que se jodan.
-O mejor, que no se jodan.-Apunté yo.
-Bien visto.
Estuvimos un rato en silencio mientras el viento nos acariciaba.
-Bueno, yo me tengo que ir ya Álvaro, que hasta que llegue el metro y todo…
-Vale, yo aún me quedaré un ratillo por aquí.
-¿Te vas a quedar solo? De ninguna manera…
-Que sí, que me voy a dar una vuelta por el centro, a ver si me despejo. De verdad, estoy bien.
-¿Seguro?
-Que síiiiiii… Que te pires ya, pesada.- Parecía que lo decía en serio y todo.
-Bueno vale, pero si necesitas algo me llamas. A cualquier hora. Lo sabes. Te quiero mucho.
Nos despedimos con un beso y un abrazo, como casi siempre. Y me fui. Habría preferido quedarme pero, y aunque mis padres se empeñasen en negarlo cada vez que había visita, yo tenía hora en casa.
Aún así, que  me fuera no eliminó mi preocupación, como supongo que el caminar no eliminó sus penas.


Memorias de una silla

Sí, has leído bien, soy una silla. A lo largo de mi vida se me han sentado encima innumerables personas y ya que vosotros, los humanos, tendéis a creer que sois los únicos que podéis escuchar y sentir la totalidad de las emociones he decidido sacaros de vuestro error. Aunque algunos se atreverán a negarlo cuando lean esto, afirmaré que no solo podemos sentir el peso o incluso ver a quien se nos sienta encima, si no que lo sabemos todo sobre esa persona: cómo es, quién es, qué hace y por qué lo hace y para demostrarlo, he decidido poner por escrito algunos hechos destacables de mis memorias.
¿Qué cómo lo he podido poner por escrito? ¿A vosotros que más os da? Ese no es el tema…

Normalmente a la gente que se me sienta encima le preocupan cosas como el dinero, el trabajo, la familia, las relaciones extramatrimoniales… Pero a veces, si tienes suerte, te toca alguna persona interesante que se preocupa por cosas menos corrientes (como la naturaleza o incluso la felicidad). Muchas veces me pregunto por qué es tan importante la felicidad para vosotros, quiero decir, a menudo está en vuestras mentes pero es algo que realmente pocos conseguís. En fin, como mientras escribo esto me siento inusualmente magnánima, he decidido ilustraros con ciertas experiencias que creo que pueden ayudaros en vuestra comprensión de esa felicidad que tanto anheláis.

En primer lugar, os hablaré de George. Debía ser un chico extranjero, de esos que vienen a estudiar desde otros países, o eso pensé yo, ya que era la primera vez que se me sentaba alguien con ese nombre. Parecía realmente deprimido, podía sentir su pensamiento de que no encajaba en esta ciudad, extrañaba a su familia y se detectaba un obvio mal de amores. Le escuché pensar que llevaba tiempo sintiéndose solo y que algo no marchaba bien con una persona. Bien, hagamos un parón aquí. Se sentía solo, muchas veces la única causa de que las personas que se me sientan se encuentren vacíos y deprimidos es la soledad. En cuanto llega alguien, se sienta en la silla de al lado y entablan conversación, su estado de ánimo mejora y esto realmente es algo que ella y yo comentamos muchas veces. De hecho, esto fue lo que pasó en aquella ocasión, llevado un poco al extremo…En fin, sigamos. Resulta de George estaba, ¿cómo decirlo?, simplemente hundido. No sé si le pasaría algo grave o es que los humanos de esas edades son mucho más intensos, pero sentía su pena y su tristeza tan claras que se me hizo el corazón astillas… Afortunadamente, y cuando ya iba a ofrecerle celulosa para que se sonase los mocos, apareció el que debía ser algo así como su compañero en alguna actividad porque los dos iban a juego con una especie de traje azul horripilante con números en la espalda. Según me comentó momentos más tarde la silla de al lado, este muchacho sentía mucho aprecio por George, un cariño especial, pero también sabía que eran hombres y que no podían demostrárselo así como así como así porque el resto de sus compañeros no lo entendería. Así pues, después de intercambiar parcas palabras, de pronto y para nuestro escándalo y sorpresa, ¡se besaron!. Y diréis: ¿a qué viene tanto escándalo?, estamos en el siglo XXI. Sí, es cierto, pero somos sillas de madera, tenemos más de 50 años y unas patas de metal. No es como si fuésemos esas alocadas sillas de plástico y colorines que hay ahora y a las que ya nada les sorprende. Todo lleva su tiempo. Lo que importa es que nada más ocurrir esto, ambos jóvenes se sintieron más próximos  a la felicidad. Ya sabéis, no es que estuvieran en ella por completo, pero desde luego se acercaban bastante. Después se levantaron y se fueron. Es cierto que ya no sé cómo se encontrarían después, pero tampoco es que me importe demasiado.

También me llamó mucho la atención una joven que se me sentó hará un par de días. Llevaba dentro una mezcla de temor y dudas muy significativa e inquietante. Me parecía que ni ella misma sabía bien lo que le estaba pasando. Era desconcierto en el sentido más puro de la palabra. Realmente no sé si vuestras mentes comprenden lo que digo, pero es igual. El caso es que pudo pasarse fácilmente cuarenta minutos sentada en absoluto silencio, ni siquiera tenia un cacharro de esos en los que los humanos que os sentáis escucháis compulsivamente a otra gente chillaros en la oreja. Particularmente yo lo encuentro muy molesto, pero creo que ya no hay nada que hagáis que pueda sorprenderme. Tras esta eternidad de reflexión, repentinamente hubo un silencio en su interior, una inmensa quietud y de repente, ¡ahí estaba!, a lo lejos se divisaba ya un atisbo de felicidad. La joven esbozó una sonrisa y con paso firme se levantó y emprendió de nuevo su camino, esta vez con renovada confianza. Normalmente las mujeres como ella, ya sabéis, esas que no sé bien por qué se llaman entre ellas todo el rato hermanas, tienen las ideas claras, van en grupo y solo paran a descansar momentáneamente debido a su edad. En cambio, esta mujer era joven, iba sola y paró llena de temor. Supongo que después de todo, ninguno de vosotros está exento de sentirse confuso, eh. ¿Veis? Deberíais realmente plantearos ser como nosotras. Nunca tendríais dilemas existenciales y excepto cuando nos toca alguien que nos pega chicles, nuestra vida es bastante entretenida y agradable. Supongo que será porque soy una silla, pero yo nos considero el ideal a seguir.

Por último y para ayudaros lo máximo posible a equilibrar vuestras perturbadas mentes os contaré el caso que actúa de excepción a todo lo contado anteriormente.
Era yo apenas un sillín de bicicleta cuando se me sentó un hombre muy anciano. En su mente todas las ideas estaban perfectamente organizadas, fruto de una larga vida reflexiva y llena de experiencias. Sabía que tenía una buena esposa, hijos y nietos que le adoraban y sabía que aquello era bueno. Sin embargo, no sentía felicidad. Sentía calma, tranquilidad, satisfacción con su vida e incluso alegría, pero aquello no era felicidad. Tantos años como había vivido aquel hombre y aún no había sido capaz de encontrar la felicidad. Y digo encontrar porque era obvio, como en el resto de los humanos, que en el fondo la buscaba incesantemente. ¡Aún sigo asombrada de lo torpes que sois!
Este hombre llegó con estos sentimientos y con ellos se marchó, al contrario que en los otros dos casos.
Supongo que se debe a que este hombre no necesitaba sentarse para reflexionar pues llevaba mucho tiempo haciéndolo y ya no suponía para él  ningún cambio. Había conseguido ser una persona equilibrada (ojo, cosa que, como absolutamente todo, a la mayoría os cuesta mucho), pero no feliz.

Hay que tener en cuenta que solo soy una silla, y pese a ser ya infinitamente más inteligente que vosotros, mi sabiduría es limitada también. Quizá si fuese uno de esos elegantes grifos dorados o una altiva farola podría daros más detalles, pero por lo menos lo estoy intentando ¿no? ¿O habéis visto acaso las memorias de un grifo? Yo desde luego no.

En el fondo creo que los humanos sois infinitamente más simples de lo que creéis. Para ser felices necesitáis gente que os quiera, que os apoye y aclarar vuestras ideas. Pero el viaje que realizáis para encontrar la felicidad es muy variable, largo y no siempre garantiza que la halléis. Creo que he conseguido demostrar que mientras unos alcanzan la felicidad en cuanto disponen de unos breves momentos de reflexión, otros han pasado toda su vida buscando y mueren sin encontrarla. También es verdad que la duración de esta felicidad que obtenéis depende de la persona (no creo que aquellos dos jóvenes se mantuviesen felices por ese beso el resto de sus vidas, aunque como ya dije antes, me importa más bien poco). Simplemente vais obteniendo la felicidad de manera momentánea y cuantos más momentos de esta felicidad obtengáis a lo largo de vuestras vidas, más feliz habrá sido vuestra vida en conjunto, que es de lo que se trata.
¿Cuanto durará el viaje de este lector? ¿Conseguirá encontrarla? No lo sé, solo soy una silla.  Me temo que para saberlo tendrás que emprenderlo.

Y esto es todo lo que, desde el punto de vista de una silla, os puedo contar.