viernes, 28 de noviembre de 2014

Al revés


Una vez un chico desapareció al observar sus ojos reflejados en la ventana de la habitación. El mundo se paró un instante y dejó de estar rodeado de revistas para estar rodeado de una niebla que no supo identificar. Después, el paisaje se definió y descubrió, con asombro, que se encontraba en una playa. En un instante, quedó maravillado por lo bonita que era. No había sol, o él no lo veía, pero sí una gran cantidad de nubes que daban al paisaje desierto un toque especial que le hizo sentir en casa. Casi esperó que le faltara el aliento de la impresión, sin embargo, fue la vez que mejor pudo encontrar el aire en sus pulmones. Buscó con la mirada alguien a quien poder preguntar por su ubicación; no había nadie. Se dedicó a pasear largo rato, siguiendo la interminable línea que marcaba la orilla y se quitó los zapatos. Hacía años que no veía el mar y no se había dado cuenta de lo mucho que lo extrañaba hasta ese momento. Además, la brisa cálida que acariciaba su rostro y le alborotaba el pelo le hacía sentir seguro y feliz. Qué extraño-pensó mientras disfrutaba de la sensación. Cuando decidió que aquella playa debía de ser interminable, se sentó a contemplar el ocaso desde la arena. Estaba bien: cada grano de arena, cada concha, cada alga…Todo parecía estar dispuesto como debía, ni más ni menos. Casi como ordenado por algo superior. Fácilmente aquel sentimiento podría haberse transformado en una disputa entre religiones por demostrar que su Dios era el causante de aquella maravilla. No había necesidad, ¿a quién le importaba? A él no, desde luego. Tirado en la arena, dejó el tiempo pasar y adelantarle mientras le decía adiós con la mirada. Acto seguido, todo comenzó a desvanecerse y quiso retener la arena entre sus dedos, pero no pudo. Un temor irracional le inundó con la sola idea de regresar a casa; nadie quiere vivir a oscuras cuando lo ha visto todo claro.


Por fortuna, el paisaje se manifestó como un bosque. Y, nuevamente, quedó extasiado. Había pensado que cuanto necesitaba para creer lo había visto en la playa, qué equivocado estaba. La corteza de los árboles, las plantas que crecían en la ribera de los caminos, las flores, los insectos… Todo palpitaba lleno de vida; incluso él. Con la misma emoción, recorrió todos los senderos que fue encontrando mientras estudiaba con devoción cada cosa nueva que descubría, incluidas las sensaciones inesperadas y los pensamientos fugaces que le abordaban un segundo y después desaparecían, dejando paso a otros nuevos. Decidió llegar hasta la cima pensando que, sin ninguna duda, la mejor vista habría de encontrarse allí. Se puso en marcha y no tuvo que orientarse de ningún modo, sus pies siempre habían conocido el camino. Llegó en poco tiempo y, efectivamente, de pleno que se sintió ante tal paisaje comenzó a llorar: la playa y otros lugares distintos se le antojaban lejanos, pero podía distinguirlos con claridad. Se preguntó si se encontraba en una isla. Quizá.
Hundió las manos en la tierra, respiró hondo, tocó el césped que crecía inundándolo todo con su particular olor y se tiró allí con los ojos cerrados.

Cuando los abrió, el paisaje había vuelto a cambiar y se asustó de verdad. Estaba rodeado de edificios; creyó que había vuelto. No obstante, no parecía que nada hubiese cambiado en su interior. Con prudencia, se acercó a la pared más cercana y apoyó su mano en ella. Los ojos se le desorbitaron y sintió la ciudad, cada ladrillo era un mapa de vibraciones. Rápidamente retiró la mano y entró en la primera casa que vio, descubriendo que todas las puertas estaban abiertas para él. Vio la escena en diferentes tonos de gris: un padre calentaba la leche del desayuno para sus hijos con total entrega, como si aquella fuera la tarea más importante del mundo y el universo se sostuviera gracias a ella. Seguramente para él lo creía así, por ello le dedicaba toda su atención. Al mismo tiempo, los niños correteaban a su alrededor y se lanzaban cereales sin que se diese cuenta. Casi podía oír sus carcajadas. La felicidad rebosaba tanto por las siluetas que tenía delante como por los muebles de la estancia y entonces comprendió que no era necesario encontrarse en un paraje desierto para sentirse completo. Aquella vez no tuvo que esperar a que la niebla apareciese de nuevo y le transportase a otro lugar, él mismo sintió que ya había entendido y decidió regresar.

De vuelta en su habitación, lo observó todo de otro modo. Algo debió de notarse en su conducta puesto que sus amigos comenzaron a decir que se había vuelto extraño y su madre le miraba preocupada mientras él perdía la vista en cualquier lugar. Su padre, alentado por los profesores, decidió llevarle a los mejores especialistas; todos decían que pasaba las horas en silencio y escribiendo cosas sin sentido. También múltiples médicos le examinaron y coincidieron en que el chico no estaba bien, aunque no sabían exactamente qué le pasaba y él repetía que se sentía, ni más ni menos, que como debía sentirse. Nadie le hizo caso y todos trataron de hacerle volver a su estado anterior, al que todos conocían y con el que se sentían más cómodos. Ni querían ni podían comprenderlo; no estaban preparados. Sin embargo, él continuó con su nueva vida. Cumplió de buen agrado con todos los tratamientos que le impusieron porque sabía lo importante que aquello era para sus padres, pero siempre estuvo seguro de que alguien que se hallaba equivocado no podía cambiar una verdad. Durante los siguientes años, perdió algunas relaciones que antaño habían sido necesarias para él, pero no nunca se perdió a sí mismo.

Con todo, nunca perdió la esperanza de hacer entrar en razón a la gente que conocía y trató de describir los sentimientos y las ideas que fluían por su mente como un río que se desborda, pero nadie consiguió verlo tan claro como él y solo obtuvo rechazo.

No hubo grandes debates, no surgieron nuevas visiones del universo y todo siguió su curso –completamente torcido-. En algún momento, la gente dejó de interesarse por su caso y sus padres se limitaron a aceptar que un día su hijo había entrado en la habitación siendo normal y había salido cambiado, incorrecto, erróneo; como si se hubiese estropeado. Pusieron de su parte por fingir que no pasaba nada y por apoyar al pobre muchacho, que sin duda debía de sentirse desamparado en su soledad, pero nunca volvieron a mirarle de la misma forma.

Ojalá alguien hubiera comprendido lo equivocados que estaban.






lunes, 10 de noviembre de 2014

Guantes Remendados


Se puso los pantalones y salió. No creía haberse dejado nada dentro y esperó que así fuera porque no estaba segura de poder encontrar el piso de su acompañante de nuevo. Tampoco tenía su nombre ni su número. Se concienció antes de abandonar el ascensor y solo cuando enumeró todas sus pertenencias abandonó el edificio. No era muy tarde aún, los autobuses continuaban pasando con relativa frecuencia. Se sentó en la parada más cercana que encontró y en seguida estuvo rumbo a casa.

Hacía tanto frío que sus guantes, aun remendados, no conseguían aislar sus dedos y parecía que estos iban a caerse al suelo de un momento a otro. Ya ni los sentía. Al bajar, tropezó con el carrito de un anciano que subía por donde no era y cuando no debía. Mientras él, malhumorado, soltaba improperios de toda clase, el resto del autobús la miraba con reprobación, incluso aquellos que no habían visto lo ocurrido. Ella, aún en el suelo, se quedó observando todas esas caras iracundas que parecían lanzarle puñales mientras el aire entraba con fuerza en sus pulmones, quemándolos, fruto del frío y la agitación. Se recompuso con rapidez y reanudó su camino hasta el portal. No le costó mucho encontrar la llave en los bolsillos, totalmente despejados.

Al entrar, todo estaba envuelto por la extraña y cargante tranquilidad de siempre. No se escuchaba nada más que la televisión, a un volumen que se le hacía forzoso distinguir. Cruzó la puerta del salón y encontró a su madre sentada en el sofá; tenía la mirada cansada y la cara ojerosa. Él no estaba. Sin saludar, entró a la cocina y se probó un trozo de empanada; estaba un poco seca. Se metió en el pijama y se desplomó en la cama, aún deshecha de la noche anterior. El frío era insoportable; la calefacción había dejado de funcionar largo tiempo atrás y ahora las humedades, las goteras y algún que otro desconchón eran las únicas obras de arte que se apreciaban en las paredes. En sus horas muertas, ella jugaba a entrever rostros y figuras en ellas, justo como hacía cuando era pequeña.
Las horas pasaban muy despacio y no tenía sueño, así que se dedicó a dar vueltas hacia un lado y hacia el otro de la cama.
En mitad de la noche, entró su hermano pequeño y ambos se acurrucaron juntos para darse calor. Cuando se durmió, observó las rojeces de los nudillos y la nariz azulada de su compañero de fatigas. Después, no solo no concilió el sueño, sino que las lágrimas comenzaron su excursión nocturna y le dejaron las mejillas aún más frías de lo que estaban habitualmente. Por fin, la mañana llegó y, con ella, una nueva oportunidad. O aquello solía decir su madre. Se levantó pero dejó que su hermano continuara durmiendo un poco más. Olía a café; su madre ya estaba despierta. Hablaron un rato de todo y de nada, sin mucho interés y llegó la hora de marchar. Se puso el uniforme y salió.

Llegó demasiado pronto a la cafetería y tuvo que esperar un rato para poder entrar. Después, puso a calentar la cafetera y comenzó a atender a los clientes más madrugadores. Llegaron un par de adolescentes con sus cuadernos mientras charlaban sobre las clases y ella les envidió. No había podido ser. Volvió a la realidad y continuó con sus tareas hasta que finalizó su turno a la hora de comer.
Antes de ir a cambiarse, observó que un hombre bastante mayor la miraba desde una mesa. No hizo falta mucho más; se fueron juntos. Pasearon largo rato, callados, de manera innecesaria y terminaron en su casa. No estuvo mal, habían comido y había sido divertido, pero como siempre, tenía que volver.

De nuevo, se puso los pantalones y salió, repitiendo el mismo procedimiento de todos los días. Aquella vez tampoco se dejaba nada. Hacía un poco menos de frío que la noche anterior, pero seguía siendo mucho. Ya en el autobús, echó un vistazo al móvil; tenía una llamada perdida de su hermano. Le llamó de inmediato sin obtener respuesta e, inquieta, bajó a trompicones del vehículo -esta vez por la prisa- y corrió tan rápido como sus piernas le permitieron hasta llegar a casa. Cuando entró, empujando la puerta más que abriéndola, vio a su padre en el sillón. Las latas de cerveza tiradas por el suelo entorpecían el paso; las apartó de una patada y entró en la habitación. Su madre estaba tendida en la cama, con la cara amoratada y un hilillo de sangre discurriendo por la boca. Apartó a su hermano y llamó a una ambulancia. Cuando esta llegó, se aseguró de que él la siguiera y, antes de salir, lanzó a su padre la mirada con más odio que recordaba haber puesto jamás. Subieron al vehículo y mientras ella contestaba a las preguntas, su hermano permanecía callado, como siempre. Había mucho ajetreo y los médicos no cesaban de hacer pruebas, incisiones y curas a su madre. Parecía más grave que otras veces. Cuando bajaron, ya no había nada que hacer, aquel había sido su último viaje en ambulancia.

Después de tranquilizarle lo mejor que supo, dejó a su hermano con una enfermera que se ofreció, muy amablemente, a cuidarle y abandonó el hospital con la excusa de ir a recoger los documentos necesarios para el papeleo. Entró de nuevo en la casa. Todo seguía exactamente igual con la diferencia de que el salón se hallaba desierto. Rezó por encontrarle durmiendo, como efectivamente sucedió, y no pudo reprimir el odio. Se acercó con sigilo, aunque en aquel estado ni una demoledora podría haberle despertado, y cogió una de las almohadas que se encontraban tiradas en el suelo. Estaba bastante vieja y tenía elefantitos morados dibujados, creía recordar que era de cuando ella era pequeña. No le importó en absoluto; la aplastó contra su cara. Él tardó unos momentos en reaccionar y cuando lo hizo, fue tan patético que podría habérselo ahorrado. Lo único que consiguió fue dar un par de patadas a la nada y balbucear dos cosas sin sentido que llenaron la estancia de aroma a alcohol. Después cesó. Ya estaba hecho. Lo único que lamentaba era haber tenido que esperar a que la situación se le fuera de las manos, cuando llevaba deseándolo desde que tenía memoria. Ojalá no hubiera sido tan cobarde.

Miró a su alrededor. Las cajas con las pastillas de su madre aún ocupaban toda la habitación y los aparatos de diálisis, donados por una ONG hacía muchos años, estorbaban ahora más que otra cosa. Sintió ganas de destrozarlo todo.

Pensó en su hermano. Confiaba en que, por ser menor, sería llevado a uno de esos hogares de acogida o de protección del Estado; no estaba segura de cómo se llamaban. De cualquier modo, ella no podía mantenerle con un sueldo de camarera; jamás podría pagarle los estudios y jamás podría asegurarle un futuro mejor que el suyo propio. Definitivamente, era mejor así.

Pasó largo rato examinando las cajas de los medicamentos y sus correspondientes prospectos; no tenía prisa. Al final, sentada en la cama, dudó entre un par de los que había encontrado y, cansada, decidió tomar ambos en cantidades ingentes mezcladas con todo el alcohol que pudo encontrar. La sabiduría popular aseguraba que aquello era lo que se debía hacer; tenían razón.

jueves, 6 de noviembre de 2014

DARÍO



Darío era un hombre joven pero tranquilo, de ideas claras y nada complicadas. Nunca se había visto en mitad de un enfrentamiento, si bien no los eludía intencionadamente. Toda su familia había nacido con el don de estar en el momento y el lugar equivocados, sin embargo, a él los problemas le rehuían como a la peste. Seguramente preferían alguien más activo intuyendo que, de probarle a él, se toparían con la más desgarradora de las indiferencias. Con la excepción, quizás, de uno solo de esos problemas.

Desde su más tierna infancia había tenido claro que quería vivir solo y en paz pero al llegar la hora de llevar su plan a cabo, descubrió con asombro cómo la realidad no quería ponérselo tan fácil. Había tenido que pasar los últimos siete años de su vida conviviendo con un espíritu. Claro, al alquilar la casa nadie le había advertido de aquello. Aunque debió haber supuesto que algo extraño había de ocurrir en la casa dado el precio del alquiler y aspecto de la casera, una mujer anciana con un par de verrugas en la nariz cuya risa siniestra habría sido aviso más que suficiente para cualquiera. Darío, en el caso de se hubiese percatado de esto, no le había concedido importancia. Y durante mucho tiempo pagó las consecuencias.

Cada mañana, sobre las cinco y media, se revolvía inquieto en la cama con la certeza incierta de quien sabe que le va a pasar algo, no sabe el qué y espera equivocarse. Unas veces era agua congelada lo que le arrojaba de golpe sobre la cabeza, cortándole la respiración unos instantes; otras veces eran insectos bajo las sábanas y toda clase de objetos repugnantes por la casa. En alguna ocasión había despertado con ecuaciones matemáticas pintadas en la cara con rotulador permanente y había debido permanecer, e incluso trabajar, toda la semana de aquella guisa.

Los primeros meses se le había hecho insoportable. La única explicación que daba la vieja casera era que, sin duda, todo estaba en su imaginación y llegó un momento en el que dejó de contestar sus cartas de angustia, de responder a las llamadas y simplemente entraba de noche en la casa a recoger el pago que él le dejaba en un sobre encima del recibidor. Ante aquello, Darío había dejado de insistir y decidió resignarse, a ver si así el molesto ente dejaba de acosarle. No fue así.
Una noche, más dormido que despierto y cuando tras tantos años la presencia del espectro era ya algo habitual, la vio. Una joven, sentada en una silla, le miraba... Los ojos, antaño de un verde que debía de superar lo imaginable, se hallaban ahora descoloridos pero igual de intensos. Se le clavaron en lo más profundo del alma.
Con el vello de la nuca erizado, sintió un frío que jamás encontraría palabras para definir. No sabría decir tampoco cuánto tiempo habían estado mirándose, pero calculó que fueron por lo menos un par de horas en las que ninguno abrió la boca. Había algo bello en aquella mujer, algo ciertamente sobrenatural. Todo estaba en su sitio y nada de su ser desconcertaba a la vista, más que su ser en esencia. La imposibilidad de la situación y lo extraño de aquella realidad hicieron el encuentro y la visión muchísimo más sobrecogedores.

-Bueno, ¿entonces eres tú quién me molesta todas las mañanas?- acertó a decir-.

Ella no contestó y desapareció. Por un momento quiso retenerla, pero ya no estaba. Algo había percibido en aquel ser que le había dejado con ansias de más. Él, amante de la soledad desde que tenía uso de razón, habría matado ahora por un minuto más de su callada compañía.

Al día siguiente, esperó impaciente a que su compañera de piso llevara a cabo su pequeña broma matutina, pero esta no llegó. Tampoco a la mañana siguiente, ni a la otra… Y así pasaron las semanas más angustiosas de su vida hasta que una noche inesperada, de pronto, se la encontró de golpe según entraba en la cocina. Del susto, los platos cayeron al suelo y por un momento temió haberla asustado. Sin embargo, cuando alzó la vista seguía allí. Aquella fue la primera vez que Darío experimentó alivio de verdad. Últimamente estaba consiguiendo identificar sentimientos desconocidos para él con relativa facilidad. Aún con el vaso de la cena en la mano, no se le ocurrió otra manera de captar su atención que vaciarle el contenido en la cara tal como hiciera ella muchas noches atrás con él. No se mojó, pero fue obvio que sintió el impacto del agua porque sus ojos se ensancharon un instante. Diría que hasta se agitó, pero se mantuvo en la misma posición. Giró la cabeza y le miró fijamente. Ninguno de los dos sabía muy bien qué decir o qué hacer, así que Darío se puso a fregar los platos y ella a contemplarlo, con expresión maravillada. Habían encontrado un calor extraño en la acción más cotidiana y no quisieron sentir más el frío que en uno dejaba la ausencia del otro.

Las semanas siguientes fueron confusas pero agradables. Darío había tenido que aprender a compartir su espacio con alguien que ni siquiera estaba en su dimensión y que ya no aparecía solo de noche. Se hacían compañía el día entero, aunque nunca cruzaban una sola palabra. No sabían siquiera si podían entenderse hablando ni si lo deseaban. Lo que estaba claro es que se sentían complementarios, un todo común que ambos formaban en cada mirada y que compartían mientras él realizaba las cosas más insignificantes que puede hacer un hombre y ella observaba como si fueran milagros realizados con asombrosa sencillez.

A veces se sentaban juntos y se miraban durante horas, otras veces ella se quedaba de pie, esperando en la puerta con impaciencia a que él volviera y casi todas las noches, se acomodaban juntos y Darío, por primera vez, veía la televisión acompañado. En esta situación se encontraban cierta madrugada cuando la casera irrumpió en su paraíso para recoger, como todos los meses, aquello que era suyo por derecho.


Esperaba, como siempre, encontrar la estancia vacía y triste. Sin embargo, en aquella ocasión, al entrar todo rebosaba vida, aun sin que pudiera detectarse ningún cambio aparente. Todo parecía igual que siempre, pero lo más importante era ahora diferente.
Le vio sentado en el sofá con los brazos rodeando la nada y mirando la pantalla del televisor con una expresión en el rostro que su mente solo supo calificar como pura. Sin saber cómo, sintió que se encontraba acompañado, pensó que tal vez se tratara de “felicidad” y no supo interrumpir. Recogió el sobre y salió sin hacer ruido.

viernes, 3 de octubre de 2014

Todo lo bueno cambia

Una bruma de ansiedad se le pegaba al pecho todas las mañanas provocándole una sensación que le hacía difícil respirar. Envuelta en ella, flotaba por la casa ultimando los detalles antes de salir al mundo. De pie y cerca de la puerta trasera, su sitio habitual en el autobús, su mirada revoloteaba sin decidirse entre la ventana y las hojas del libro que le hacía siempre compañía. Aquella era la única manera de distraer la mente un rato. A veces le resultaba cargante ir leyendo a la vez que caminaba, pero no le quedaba otra opción puesto que, últimamente, en cuanto dejaba de hacerlo, sus pensamientos le rebotaban en el cerebro mientras las lágrimas se amontonaban haciendo cola en su lacrimal. Aquello no era algo normal- nunca había sido de llorar- y la sensación no le gustaba. Era la típica persona que iba por la vida descargando humor y recogiendo de vuelta los problemas del resto, no podía evitarlo, suponía que como el resto de los mortales. 
Las siete horas que pasaba en clase eran las mejores del día y este era solo uno de los muchos detalles que le recordaba la gente cuando la acusaban de su rareza. Ella no lo había elegido así, pero nunca podría negar que le encantaba estar en un sitio donde no le debía nada a nadie, donde su existencia estaba permitida. Allí podía pensar y simplemente, ser. Llegaba siempre como un clavo, pero se quedaba medio escondida leyendo hasta que la marea de gente que amurallaba la entrada se dispersaba. Así, podía subir las escaleras tranquilamente, sin tener que hablar con nadie. En clase ya era otra cosa, sus compañeros le hablaban y ella se veía obligada a responder, aunque solo fuera por un mínimo de educación y por ahorrarse las preguntas que le hacía la gente si optaba por no hacerlo. Entonces, como todos los días, echaba de menos a la única persona con la que podía sentarse y no decir nada durante horas sin tener la sensación de estar haciendo lo incorrecto. Pero él ya no la acompañaba. Alternando la escucha de las explicaciones con la de sus pensamientos, las horas pasaban en contra de su voluntad. De vez en cuando, la gente se agitaba y se levantaba, esa era la señal que le indicaba que ella debía hacer lo propio y abandonar el aula en dirección al patio. La gente reía en los pasillos y por todas partes se formaban grupitos donde las bromas y cotilleos circulaban a toda velocidad, pero ahora nadie la esperaba a ella. Lejos de sentirlo, lo apreciaba bastante. Salía de clase y se dejaba arrastrar por la marea de gente que iba y venía hasta la hora volver. Cuando esta llegaba, subía los tres pisos de escaleras y enfilaba hacia su clase para entretenerse unos segundos mirando por el cristal del aula de música, sobre todo cuando se hallaba vacía. En aquellos instantes, recordaba cómo era vivir la que siempre había sido su asignatura favorita pero que ya no volvería a cursar. Todo lo bueno cambia.-pensaba.
El horario finalizaba y cuando ella abandonaba el centro distraída, se sentaba en un banquito a leer. La excusa que ponía cuando alguien le preguntaba era que se quedaba esperando a dos compañeras, sin embargo aquello solo era eso, una excusa. Lo que no quería era volver a casa, si bien era verdad que al llegar la hora, sus compañeras salían y ella se les unía.
De un tiempo a esa parte, todo le resultaba desconcertante. El mundo, su mundo, estaba desordenado y ella llevaba años intentando poner un poco de claridad en él, obteniendo siempre el peor de los suspensos.

Abría la puerta rezando que no hubiera nadie, en cuyo caso se relajaba bastante y entraba en su habitación. Por el contrario, si se encontraba con sus padres saludaba secamente. Nunca solía recibir contestación, como mucho un gruñido de reconocimiento y, como una exhalación, corría a encerrarse en su cuarto. Hacía ya muchos años desde que ellos habían dejado de contarle como les iba el día y ella de preguntar. Vivían en la misma casa, pero las cosas no fluían como debían hacerlo, o al menos aquel había sido el diagnóstico de la sucesión de psicólogos al que habían acudido. La angustia que la acompañaba en todo momento parecía entonces engordar un kilo o dos, haciendo que caminase incluso más encorvada. No volvían a intercambiar ni una sola palabra en todo el día. Quizá, a veces, alguno daba las buenas noches y el otro contestaba, aunque no era lo normal. Toda esa situación la preocupaba y cada vez le hacía más difícil concentrarse en otras cosas. Temía acabar como su hermano, quien después de años de psicólogo en psicólogo y de terapia en terapia, había dejado de hablarles completamente. Solo cuando estaba con su hermana y con ella o cuando le formulaban una pregunta concreta y totalmente ineludible, volvía a la realidad y contestaba con parcos monosílabos. Cierta noche, se dio cuenta de que no tenía sentido seguir preocupándose por aquello ya que ya había sucedido. Ni de sus bocas ni de la de sus padres salía una sola sílaba más de las estrictamente necesarias, y ella no sabía cómo o por qué se había construido ese muro invisible e infranqueable entre ambas partes, solo que un buen día su realidad había amanecido así. Mientras trataba de estudiar, pensaba en ello; mientras estaba con sus amigas, pensaba en ello; mientras trataba de vivir, pensaba en ello. No obstante, no hablaba de aquello con nadie salvo, a veces, con él; pero ni uno insistía ni la otra deseaba que lo hiciera, de modo que ambos acababan callados como idiotas. Era algo que guardaba en un cajón y que un par de sonrisas escondían sin esfuerzo de las miradas de la gente. Salía de su habitación para ducharse y cenar y después, volvía a leer y a conversar con su reflejo mientras la modorra se iba adueñando de su cuerpo. Por último, escribía con la ansiedad colgando del cuello y los ríos discurriendo por las mejillas para poder librarse de todos aquellos recuerdos que le hacían aún más difícil conciliar el sueño. No importaba el qué, solo escribía.

Todo lo bueno cambia.-pensaba, y se iba a dormir.

martes, 16 de septiembre de 2014

Five Years



—Entonces, está todo claro, ¿verdad? –el hombre que le había metido en aquel lío le miraba ahora fijamente–.

—Sí… pero, ¿cuándo podré volver? Quiero decir, me gustaría saber la fecha exacta; se suponía que el anterior iba a ser mi último trabajo…

—¿Te arrepientes? –el hombre levantó las cejas, extrañado–.

—Sí.

—Te he dicho muchas veces que es imposible saber con exactitud cuánto tiempo has de estar fuera; depende del estado en el que encuentres el satélite. Lo sabes de sobra, es como las otras veces.

—No, las otras veces no tenía una hija. ¿Quién va a cuidar de mi familia? No sé por qué accedí…

—Porque necesitabas el dinero… y aún lo necesitas. Soy tu amigo, sabes de sobra que cuidaré de ellas hasta que tú vuelvas.

Echó un último vistazo a su alrededor y vio algo que debía de haber pasado por alto las otras veces.

—¿Qué es eso? –preguntó–.

—Ah, he pedido personalmente que te lo instalaran. Es una excepción, por supuesto, pero he pensado que sería más fácil para ti tener algún tipo de contacto con la realidad de vez en cuando.

—¿Es…un monitor? –insistió–.

—Sí, está sincronizado de manera que podrás observar un parque. Nunca lo habrían aprobado de no ser por mí, por cierto.

—¿Un parque? ¿Qué parque? –en ninguno de sus otros encargos había tenido un parque monitorizado en la nave–.

—No lo sé, yo solo sugerí la idea. Estará operativo todos los días desde las 15:00 hasta las 20:00 horas; después se apagará automáticamente. No es bueno que te quedes pegado a esa pantalla.

—¡Uy, no, por favor! Saldré a hacer deporte y después a tomar unas cañas.

—Déjalo ya… –le advirtió–; espero que tengas todo preparado. El lanzamiento es mañana a las 07.00 h. Como te retrases, te mataré; me estoy jugando mucho con esto.

—De acuerdo.

Las 07:00 h llegaron tan rápido que ni él mismo se explicaba en qué se le había escapado el tiempo. Se hallaba delante de la nave, listo para partir. Bueno, en realidad no estaba listo, pero tenía que hacerlo. Lo cierto era que tener aquella pantallita al mundo real le tranquilizaba un poco. Igual, no era tan terrible después de todo… A fin de cuentas, contaba con una gran experiencia.

—Buena suerte –dijo su amigo y le abrazó–.

Él respondió al abrazo afectuosamente; en aquel momento no habría negado a nadie una despedida en condiciones, cuando menos a él.

—Espero verte cuando baje de este cacharro.

—Aquí estaré.

Subió, se acomodó como pudo y esperó. Estaba nervioso. “Será la última vez.” –se prometió–. De joven, aquello había sido un  sueño, pero cuando formó una familia, no hubo un solo día en que no deseara haberse hecho fontanero y pasar más tiempo en casa.

“Motores encendidos. Comenzando la cuenta atrás.” –una voz electrónica le informaba del proceso–. “10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1…”

Notó un fuerte temblor bajo sus pies y tuvo que agarrarse al asiento con todas sus fuerzas para no salir despedido, a pesar de hallarse unido al grueso cinturón que le mantenía exento de la no-gravedad espacial. Unos minutos más tarde, todo se había tranquilizado y lo único que se divisaba por el ventanuco de la nave era oscuridad. No tenía nada que hacer más que esperar y, cuando llegase el momento, reparar el dichoso satélite. Por suerte, no tenía que tocar casi ningún botón; todo estaba perfectamente automatizado. Dispuesto a cumplir su única función durante el trayecto, se sentó inmóvil y su mirada se escapó por el cristal.




Ella se secó las lágrimas en la manga de la chaqueta. No podía creer que él acabase de partir y ya le estuviese echando de menos. Miró a su hija, dormida en el carrito y subió la cremallera de su abriguito; había comenzado a refrescar. O quizás era ella, que se había destemplado a causa del mal trago, pero no quería arriesgarse. Dio media vuelta y marchó hacia casa tan desconsolada como las otras veces. Al llegar, acomodó a la pequeña en la cuna y puso té a preparar; en esos momentos no había una bebida mejor para calmar los nervios. Se sirvió una taza y encendió la televisión, como si aquello fuera a hacerle olvidar que tendría que pasar dios sabía cuánto tiempo lejos de su marido, perdido entre las estrellas.

Las horas pasaron extraordinariamente lentas, como si una fuerza sobrenatural se hubiera propuesto hacerlo todo más insufrible todavía. La espera de que ocurriera algo, cualquier cosa, la agotó tanto que, por lo menos, a la hora de acostarse tuvo suficiente sueño como para dormir de un tirón.

No tenía despertador, pero eso no la libró del fastidio de madrugar. La pequeña estaba despierta y exigía a gritos que el resto del mundo la  acompañase en su vigilia. Se levantó un poco más animada que la noche anterior y la acunó en sus brazos. En seguida calló. En el fondo, sabía que lo único que la niña quería era eso y no debía permitirlo, pero aquel no era el mejor para comenzar con su educación. Estaba demasiado cansada. Ambas desayunaron y cuando el sol se dejó ver, pensó que sería agradable ir a tomar el sol al parque donde solían ir todos juntos. Así pues, se vistieron y salieron con el viento matutino como única compañía.




La tarde se le había hecho insoportable. El único libro que le habían  dejado llevar en aquel viaje había sido devorado con una ferocidad antes desconocida para él y el resto del tiempo solo había podido dedicarse a pensar, cosa que, en aquella situación, no había sido muy agradable.
Por la mañana se encontraba un poco mejor, aunque tampoco sabía qué iba a hacer con todas las horas que quedaban hasta llegar a su destino. Miró el reloj; eran casi las tres. Como si el monitor fuera a moverse de su sitio, flotó hasta ponerse a su altura lo más rápido que pudo y lo encendió. Solo había interferencias y unos molestos puntos blancos y negros en la pantalla; aún faltaban unos minutos para que comenzara el horario de retransmisión. Por fin, las tres en punto. La bruma de minúsculas partículas comenzó a disiparse dando lugar a una imagen más o menos nítida. “No puede ser –pensó al ver la imagen-; ese es nuestro parque. ¡Es nuestro parque!” Le hizo tanta ilusión reconocer el lugar que tenía ante sus ojos, que por un instante se olvidó de dónde estaba. Se quedó mirando la pantalla, atónito. La gente paseaba con tranquilidad a la luz del sol y la mayoría cargaba con una fina chaqueta. “Habrá refrescado –pensó–.” Trató de memorizar cada detalle que salía en la pantalla, como si no quisiera perder ni un segundo de las cinco horas durante las que podía volver a su mundo.




Definitivamente, hacía fresco. Habían salido hacía media hora y en  seguida llegarían al parque. Ella respiró con alivio; habría sido un fastidio tener que volver a por las chaquetas; menos mal que se le ocurrió meterlas en el carrito de Clara en el último instante. En cuanto llegaron, esta quiso bajarse a toda costa y revolcarse por la arena de la zona infantil. Como era de esperar, gritó y rabió hasta que su madre, cansada, cedió y dejó que se acercara gateando a los otros niños. Mientras la vigilaba, se sentó en un banco y puso la radio en el móvil. Las primeras noticias del día ya estaban siendo retransmitidas. Las temperaturas iban a bajar y el partido de béisbol que había tenido a toda la ciudad en ascuas durante el día anterior había tenido resultados nefastos para las calles, que ahora se encontraban llenas de basura. Esto había provocado una rebelión por parte de los barrenderos quienes, hartos de que pasara siempre lo mismo, se habían negado a limpiar en la zona norte.

De repente, cuando iban a hablar sobre economía, las noticias se cortaron con brusquedad. “Interrumpimos las noticias para informarles de  un reciente descubrimiento –anunció una voz que ella no había oído jamás–. Un estudio realizado por los más prestigiosos científicos del país afirma que a la Tierra le quedan aproximadamente unos cinco años de vida –al nuevo reportero, que quizás había sido contratado solo para la ocasión, se le quebró la voz y los oyentes pudieron oírle llorar amargamente–. Todavía no se saben las causas con exactitud, aunque… aunque se supone que el deterioro que le hemos causado al planeta indiscriminadamente durante estas últimas décadas ha sido el mayor problema” hubo más lágrimas–.

Ella no debía de ser la única que estaba escuchando aquel mensaje, porque rápidamente un montón de personas entraron en histeria. Algunas cogieron a sus hijos y corrieron a encerrarse en casa mientras otras, sencillamente, se quedaban mirando a la nada como si esperaran que todo fuera una broma de mal gusto. Miró a Clara –que continuaba ajena a todo el ajetreo– y no supo qué hacer.




Él seguía pegado a la pantalla; había algo en ella que le atraía casi magnéticamente. “No puede ser –rió–-; ¡no puede ser!” Acercó tanto la cabeza a la pantalla, que casi se golpea. Ahí estaban su mujer y su hija, dando un paseo por la mañana donde siempre lo hacían juntos. Una ola de felicidad le inundó de golpe. Mientras acariciaba sus siluetas en el monitor y soñaba con poder hacerlo de verdad, las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas. Vio a la pequeña Clara ir a juguetear con sus amigos en el barro y a su mujer sentarse en un banco. “Seguramente ponga las noticas; siempre lo hace” –pensó–. Se quedó mirando, muy quieto. No quería interrumpir aquel momento. Sin embargo, algo no iba bien. Incluso en aquella pantalla de mala definición se podía observar cómo su esposa se había quedado blanca como la nieve y giraba la cabeza hacia Clara. Por un momento, pensó que algo malo le pasaba a su hija y casi le da un infarto;  después se dio cuenta de que todo el parque estaba igual. Los ancianos aceleraban el paso y las mujeres huían con sus niños. No entendía que estaba pasando. Lo último que vio fue a su mujer siguiendo el ejemplo de las otras madres y llevándose a Clara a casa… o eso suponía. Llevaban esa dirección pero, por mal que le supiese, no podía estar seguro de nada.





“¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Qué vamos a hacer ahora?...” No sabía cuál era el siguiente paso que debía dar. No sabía cómo podía proteger a su hija ante aquello. Por otro lado, quedaban cinco años… Igual, podían encontrar una solución en todo ese tiempo… “Hoy en día, la ciencia avanza muy rápido” –pensó–.
Sin embargo, aquello no la tranquilizó. Llegó a casa, dejó a Clara en su habitación y cerró todo con llave; no quería ver ni oír a nadie. Necesitaba pensar. De repente, el teléfono la interrumpió; era su madre.

—¿Sara? –le temblaba la voz–.

—Sí, estoy aquí, mamá.

—Oh, dios mío, Sara, ¿te has enterado…?

—Sí, lo escuché esta mañana en la radio.

—Madre mía… ¿qué vas a hacer?, ¿Queréis venir a casa?

—Eh, esto… mamá, no creo que sea muy buena idea sacar a Clara fuera de casa. En las noticias dicen que la gente se está volviendo loca. Vamos a quedarnos en casa.

—De acuerdo, como tú quieras. Llámame si necesitas algo.

—Ya. Oye… ¿tú estarás bien?

—Sí, sí… No te preocupes por mí. Te quiero.

—Yo también te quiero. Adiós.

Colgó y comenzó a llorar; todo había sucedido demasiado rápido y apenas había podido procesarlo. Al enterarse de que todo iba a acabar en pocos años, pensó en toda la gente a la que iba a echar de menos: altos, guapos y delgados; bajitos, gordos y feos; todos los que eran alguien y también aquellos que aún no eran nadie. Iba a extrañarlos a todos por igual y le daba miedo perderlos. Aún sumida en la tristeza, se acurrucó en un sillón y continuó sollozando.





Unas ligeras turbulencias le sacaron del sueño en el que llevaba inmerso apenas unas horas. Tenía los nervios a flor de piel, no sabía qué pasaba allí abajo y, lo más importante, si su familia estaría bien. Trató de levantarse, pero un fuerte temblor hizo que se desestabilizara y saliese flotando en la dirección contraria al monitor. Cuando consiguió agarrarse a  la butaca, hizo fuerza y se sentó otra vez a observar. Ni siquiera era el horario establecido, pero daba igual. Se sentó y esperó.

Un par de horas más tarde, las chiribitas de la pantalla volvieron a aclararse para dar paso a la imagen del parque con la que había estado soñando toda la noche, sin cesar. Por desgracia, no estaban su mujer y su hija. Aquello le desalentó, pero aún así, pensó que mirar gente desconocida era mejor que dejar pasar el tiempo con la esperanza de no volverse loco, así que prestó atención. Todos estaban extraños, como alterados y había menos gente de la habitual. Aquello le sorprendió. “¿Pero qué demonios estará pasando?” pensó–. Una mujer que debía de tener más o menos su misma edad se acercó a un niño que jugaba en la arena, ajeno al  nerviosismo que le rodeaba y comenzó a golpearle. Estaba alucinando. “¿Pero qué hace esa cabrona? ¡Estate quieta!” Estuvo a punto de pegarle a la imagen. En seguida, un grupo de personas se acercó a sujetarla y consiguió alejarla del pobre chiquillo. Aterrorizado, buscó por toda la pantalla alguna imagen diferente, pero lo que vio no fue más agradable. Un soldado al que le faltaba un brazo se quedó mirando fijamente las ruedas de un coche, parecía que estuviese hipnotizado; al otro lado del parque, un hombre negro, de unos sesenta o setenta y tantos años se agachó y besó los pies a un sacerdote con quien se encontraba hablando. Cuando eso ocurrió, uno de los dos hombres que segundos antes habían estado besándose sentados en los columpios, no pudo contenerse y vomitó. Ambos, cura y negro, les miraron con desprecio y siguieron su camino. Cuando se hubo recuperado, el joven quiso marcharse también, a juego con la mujer chiflada y el soldado ensimismado.

Así pues, el parque fue quedando vacío una vez más y llegó un momento en el que, aunque no tenía nada mejor que hacer, dejó de prestar atención a su diminuta conexión con lo terrestre y se puso a dormitar. Ya no había allí que le pudiera interesar. Obviamente, algo iba mal, pero con solo esas imágenes no podía adivinar qué era. Quizás un golpe de Estado o quizás había ocurrido algún desastre a nivel nacional. No lo sabía, así que simplemente dejó de pensarlo. Cuando estaba a punto de sumirse en un sueño intranquilo de nuevo, otra sacudida le sorprendió. Esta vez fue tan fuerte que le sacó de la litera de un golpe.

—Control terrestre a Capitán Tom; repito: control terrestre a Capitán Tom. Parece que algo va mal; no sabemos exactamente qué ocurre. Lo siento. De momento no podemos hacer nada. Tendrá que esperar.

Se asustó. ¿Qué quería decir aquello? Revisó todas las luces que parpadeaban en la parte delantera de la cabina; no parecía que nada fuera mal. Aunque no estaba del todo seguro porque nunca se había visto en una situación parecida.

        —¿Puede oírme, Capitán Tom?

Quiso contestar, pero aquel cacharro no funcionaba.

—¡Sí, sí! ¡Estoy aquí, estoy aquí! –gritó con todas sus fuerzas–¿Pueden oírme ustedes?

No hubo respuesta.

         —Parece que hemos perdido el contacto con la nave… Espere las instrucciones.

Hubo más temblores, cada vez más fuertes. Se cayó y se golpeó la cabeza con un saliente. La sangre comenzó a flotar a su alrededor, tiñéndolo todo de un color muy poco alentador. Poco a poco fue perdiendo la conciencia hasta desfallecer por completo.





Sara no sabía cuántos años habían pasado ya desde que su marido se fue a aquella misión de la que nunca había regresado –creía que eran tres, pero podía ser que hubieran pasado más–. Quienes se encargaban de su rescate habían desistido mucho tiempo atrás sin que sus súplicas lograran  reanudar el proceso. Quizá en otras circunstancias hubiera tenido más sentido seguir intentándolo... Por otra parte, Clara estaba cada día más grande, aunque nunca preguntaba nada. Sabía que aquel no era un tema del que a su madre le gustase hablar, así que se limitaba a imaginar dentro de su cabecita qué habría pasado con su padre y  si alguna vez llegaría a verle, aunque solo fuera para saber qué aspecto tenía.

Unos meses después de que la terrible noticia saliera a la luz, la gente había vuelto a salir a la calle, cada vez con menos  precaución. Casi se podría pensar que se habían olvidado de todo aquello, pero no era así ni mucho menos. El impacto había sido tan grande que había repercutido en todo el sistema. Los países, las religiones, la cultura, todo había caído como fichas de un dominó. La gente prácticamente arrastraba su mísera existencia por las calles, preocupándose (o no) únicamente por vivir un día más y, los que no habían optado por ello, sencillamente se habían suicidado, convirtiéndose en ocasiones en la envidia de los vivos.
Teóricamente, quedaban aún un par de años pero, en realidad, la vida y el planeta como todos lo habían conocido ya había muerto mucho tiempo atrás. No había ya bosques donde perderse ni un mísero árbol que diese algo de frescor en las calles. Los paisajes eran yermos y desagradables a la vista. Las grandes empresas habían sido las primeras en caer el día en que la gente decidió que había que culpar a alguien de la contaminación medioambiental y todo lo que había provocado. Cuando acabaron con todas el sector empresarial, pasaron a matarse unos a otros sin control. No hacía falta un motivo; una mirada fuera de lugar o un simple comentario;  costaban diariamente la vida de miles de personas. Como consecuencia, la población había diezmado.

En medio de todo aquel caos, Sara y Clara habían conseguido  sobrevivir, pero no salían mucho de su piso, por no decir nada. Solo cuando no quedaba ni un trozo de pan que darle a Clara, su madre se arriesgaba a salir por la noche. Si estabas lo suficientemente loco como para aventurarte en las calles, podías tomar lo que quisieras.





Recuperó la conciencia y miró a su alrededor, aturdido. Recordó lo  que había ocurrido y trató de ponerse en contacto con el control terrestre, pero no hubo respuesta y terminó por desistir. Técnicamente, debería de haber llegado a su destino el día anterior, o eso creía. ¿Cuántos años habrían pasado allí abajo?... ¿Cinco? ¿Cómo de grande estaría Clara? Tenía muchas preguntas para llevar solo unos días de viaje, pero no podía contestarlas. Cuando echó un vistazo al mapa de la ruta, se dio cuenta de que ni siquiera estaba en la dirección correcta y, al intentar situarse de nuevo en el buen camino, se dio cuenta de que los controles no funcionaban en absoluto y de que estaba, simplemente, flotando a la deriva en el espacio. No había nada o nadie que pudiera oírle y, cuando menos, socorrerle. No se desesperó, pues se lo temía. Cuando aquellos cacharros comenzaban a temblar la cosa no solía acabar muy bien, eso lo sabía todo el mundo. Esperó a las tres de la tarde para ver el parque de nuevo y saber si había alguna novedad, pero las tres pasaron y ninguna imagen apareció. Ni siquiera había interferencias; simplemente, no había nada.

Con lágrimas en los ojos, cogió el libro que ya había leído tres veces en lo que iba de viaje y lo abrió por la primera página. Casi le pareció  ya un gesto automático; eso fue lo que más le entristeció: que le quedaba una eternidad para releerlo. No tenía ni siquiera un triste cuchillo con el que poner fin a su patético viaje, a todas luces fallido. Solo le quedaba esperar por una eternidad. “Una eternidad… –se repitió–. Eso suena a mucho tiempo”…





Cuando los temblores de tierra habían comenzado hacía cosa de un mes, el pánico inicial se había vuelto de unas proporciones desmesuradas. La gente corría de un lado para otro, chocándose y empujándose con violencia;  los ancianos, creyendo que ya lo habían visto todo, no se habían sentido preparados para aquellos acontecimientos y en su inmensa mayoría habían fallecido. El  mundo se descontrolaba cada vez más y más hasta que llegó un punto en el que todo empezó a desvanecerse. Unos decían que la tierra se estaba evaporando, otros que estaba siendo absorbida por algún tipo de agujero en el espacio y otros –los más sabios, tal vez– admitían que no tenían ni la más remota idea de lo que estaba sucediendo. Las calles, los edificios y la vida desaparecían sin más y en su lugar, dejaban una triste masa de barro informe. Llegó un momento en el que los supervivientes tuvieron que mudarse repetidas veces hasta llegar al último reducto de población. Sin embargo, aquello no sirvió de nada. En apenas unos días  estaban tan apretados, que la gente comenzó a matar a las personas que ocupaban su espacio o robaban su aire. Los pocos restantes fueron asesinados mientras trataban de mantenerse al margen. Una tarde, cuando Sara salía en su búsqueda –cada vez más infructuosa– de comida para Clara, fue apuñalada por un hombre… o quizá una mujer. Murió a los pocos minutos. Días después, también lo hizo Sara en medio de ninguna parte, desatendida y sola. Ambas quedaron inmediatamente olvidadas, ya que no había nadie para llorarlas; ni siquiera fue considerado una tragedia. La muerte era ya algo habitual. Ni una sola lágrima fue derramada.
De ese modo, el mundo continuó desapareciendo a un ritmo vertiginoso,  mientras sus cadáveres hacían lo propio, aunque considerablemente más despacio.





En su revisión diaria de la maquinaria de la nave –fruto, la mayoría de las veces, de su propia ociosidad–, se percató de que algo no estaba como otras veces. Aquel pilotito rojo que llevaba encendido intermitentemente los últimos días, se había apagado por fin.
Se atrevió a tocar uno de los controles al azar y, para su sorpresa, funcionó. Todo parecía indicar que la nave volvía a estar en condiciones, aunque él no sabía por qué, ni se lo preguntó. Antes de empezar a investigar más sobre el asunto, decidió comprobar, por si la suerte había decidido definitivamente ponerse de su parte, si el monitor daba señales de vida. No fue así. Volvió a centrar su atención en los mandos de la nave y, haciendo un gran esfuerzo por recordar cómo funcionaba todo aquel montón de botones, cables y demás porquerías electrónicas, trató de poner rumbo a la Tierra. Sinceramente, no le importaba en absoluto no haber completado su tarea; ya solucionaría sus problemas económicos como pudiera. Quería volver a toda costa. “¡Ya está!”

—Nuevo rumbo establecido. La ruta comenzará en unos instantes
–dijo la voz–.

No podía creerlo, volvía a casa. No podía haberse sentido más feliz en aquel momento. Imaginaba la cara de su mujer y su hija cuando le vieran llegar e imaginaba también el abrazo que les daría a ambas. Recobrado de fe y espíritu, se sentó de nuevo, pero esta vez no se durmió. No quiso. Aquel instante era demasiado perfecto. Si sus cálculos eran correctos, en unos cuatro días estaría de regreso.  


                               


Despertó mucho antes de lo habitual, pues tampoco estaba del todo dormido. Los nervios le habían impedido pegar ojo en toda la noche. Aquel era el último día que pasaba en ese cacharro.

         —La llegada se producirá en aproximadamente cuatro horas.

“Cuatro horas, podía hacerlo. Claro que sí.” Esperó y esperó y cada mensaje que le daba la voz electrónica le alegraba más y más. No había dejado de preocuparse ni un solo día por lo que había visto en el monitor, pero aquella vez era distinto. Una vez en tierra firme, podría proteger a su familia de cualquier cosa que ocurriera. Solo tenía que aguantar un poco más.

—La llegada se producirá en unos minutos. Por favor, tome asiento y abróchese con fuerza las cintas de seguridad. En ningún caso trate de abrir la escotilla principal o alguna de las secundarias. En caso de hacerlo, sepa que hay riesgo de muerte.

Antes de seguir las instrucciones que la voz automática le acababa de dar, no pudo resistirse a ir a mirar por el ventanuco, por si se veía ya la Tierra. Durante los siguientes meses de su vida, no hubo un instante en el que no se lamentase de haberlo hecho. Al asomarse, no vio nada de lo que debería verse. Un bulto pringoso y repugnante del tamaño de una sandía era todo lo que se veía en el lugar de su destino. Entonces comprendió: el  pánico colectivo, los comportamientos de la gente en el parque… su familia… Todo se había ido.

—Trayecto finalizado. Puede abrir la escotilla principal y abandonar la nave.

Golpeó tan fuerte el altavoz, que se rompió un par de huesos de la  mano o eso le pareció por el dolor que le causó. Abrió la escotilla y cuando se dio cuenta de que no había nada donde apoyarse para bajar, entró en pánico. Lloró, destrozó y golpeó cosas hasta que, el miedo irracional de que su única unión con la nave se rompiese, hizo que parara y se metiera dentro de nuevo, a esconderse como un niño. Ese fue el momento en el que quedó irremediablemente condenado a vagar por la nada hasta su muerte, puesto que no había tenido ni tendría ya el valor de salir nunca más de lo único conocido que le quedaba.
fwew
feew¡pasado allí abajo?...
os habrveces que probr.
mo aventurarte a las calles, podarle a Clara, Sara se arriesgaba a salirómoo